Ucronía: ¿Cómo sería un mundo sin cristianismo?

Curiosidades 09 de enero de 2023 Por Editor
¿Y si Alejandro Magno hubiera conquistado Roma? ¿O si Julio César hubiera muerto en la Galia? Usted es una ucronía, y yo también

Aunque los «¿Qué hubiera pasado si…?» son tan antiguos como antigua es la imaginación del hombre, y su aplicación a la especulación histórica es tan antigua como la capacidad de pensar en términos históricos –ya Livio fantaseó con un enfrentamiento entre Alejandro Magno y Roma–, fue acuñado por vez primera en 1876 por el filósofo francés Charles Renouvier en su obra «Uchronie (L’utopie dans l’histoire)». Para Renouvier la ucronía era «la utopía aplicada a la historia», esto es, «la historia rehecha lógicamente tal y como podría haber sido». La obra no hacía sino constatar el desplazamiento de las especulaciones utópicas desde el espacio hacia el tiempo que venía cuajando desde el Siglo de las Luces. Si antes la utopía se emplazaba fundamentalmente en un espacio geográfico ficticio o mítico –desde la Pancaya de Evémero hasta el reino del Preste Juan–, la modernidad, que con las exploraciones geográficas irá agotando el mundo, lleva la utopía al futuro, en un anhelo de perfectibilidad de la sociedad y del hombre que se contagiará también a las doctrinas política: dado que los «justos habitarán la Tierra» (Proverbios 2:21), ¿para qué esperar al día del Juicio? La Tierra será el paraíso, etcétera.

La ucronía, como las modernas utopías, juega también con el tiempo, pero con el que ya pasó y no con el que está por venir, imaginando desarrollos alternativos de la historia, a partir de lo que Renouvier denomina «puntos de divergencia» o «nudo de la historia», acontecimientos puntuales que ocurrieron (o no ocurrieron) de distinta manera a la que fue. Son esos «¿qué hubiera pasado si…?» los que marcan el momento a partir del cual la historia tomará un curso divergente. La ucronía es pues historia contrafactual, aunque frecuentemente se reserva el primer término para las obras del ámbito de la ciencia ficción, mientras que la historia contrafactual plantearía su especulación a partir de un análisis riguroso de un proceso histórico, eliminando o modificando una de sus causas determinantes para ponderar cuál habría sido el devenir subsiguiente.

 
Son, en parte, matices semánticos que confluyen en un cuestionamiento de lo que fue y que proyectan retrospectivamente anhelos y miedos, en un género cuyo atractivo intelectual ha generado en el último siglo un aluvión de literatura, con especial atención a determinados momentos que, como el Imperio Romano o la Segunda Guerra Mundial, fascinan y permean el imaginario cultural contemporáneo. Desde el ámbito académico, la historia contrafactual ha sido generalmente vista como un ejercicio de frívola especulación, pero en las últimas tres décadas se ha asistido a una revalorización de la aproximación científica a la historia alternativa, fundamentalmente en el ámbito anglosajón. Este auge ha generado debate. Sus defensores arguyen que no pretenden reescribir la historia, sino que el planteamiento de escenarios alternativos ayudaría en la aprehensión de los mecanismos de causalidad y las dinámicas históricas, y serviría para escapar de una visión teleológica y determinista, para poner de relieve tanto la contingencia como la agencia humana, y para reflexionar acerca de la manera en que escribimos historia y sobre sus usos políticos. Pero como sus detractores subrayan, plantear historias alternativas en nuestro presente líquido, en el que el análisis y la reflexión histórica han sido desplazados por acercamientos mucho más banales, cuando no espurios, en el que la historia no es a menudo ya sino narración y entretenimiento, en el que la multiplicación de los acercamientos ha enriquecido, pero también atomizado, la disciplina, en un momento de cuestionamiento de las grandes narrativas y de su capacidad para explicar el mundo –ergo, para explicarnos–podría entenderse cuanto menos como una frivolidad, y cuanto más, como un peligro: hic sunt dracones. 
 
Las cosas que nunca fueron
El plantear una ucronía, el escribir historia contrafactual, es, para quien esto escribe, fundamentalmente un juego intelectual, un divertimento culterano. La historia, además de ciencia, es un juego de imaginación, un juego fundado, con sus reglas, sí, pero impensable sin imaginación. Y entramar una ucronía es darle una vuelta de tuerca a nuestra imaginación histórica. Habitamos en un tiempo en el que los previos regímenes de historicidad de disuelven, destruidos por una virtualidad que hace que pasado, presente y futuro se fundan en un ahora continuo que todo lo devora; un tiempo cuestionado por la nueva física, que lo ha relativizado y que se interroga por su imbricación con el espacio, que plantea infinitos universos paralelos y que nos abisma al vértigo de la entropía y la futilidad de la existencia. En un tiempo ya diagnosticado por Hannah Arendt, en una brecha entre el pasado y el futuro. Mientras tratamos de cerrar esa brecha, permitámonos jugar con el tiempo en nuestra diminuta escala, en nuestra cámara de maravillas con las cosas que nunca fueron en la antigua Roma, y deambular por el jardín de los senderos que se bifurcan, siempre doblando a la izquierda, como hay que hacer para llegar al patio central de un laberinto, según me reveló un rapsoda ciego. Porque en otro universo, en otro tiempo, usted que esto lee es una ucronía. Y yo también.

La Razon

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