¿Asesino o pionero de la eutanasia? La polémica historia del Dr. Muerte, quien ayudó a quitarse la vida a 130 personas con una máquina de su invención

Curiosidades 06 de junio de 2021 Por Editor
Jack Kevorkian irrumpió en el mundo de la medicina con polémicas teorías sobre la “muerte digna” cuando la ciencia se horrorizaba sólo por mencionar el tema. Creó el Thanatron y el Mercitron, dos artefactos que hacían posible que un paciente terminal pudiera acabar con su existencia por sí mismo. Fue preso y liberado. Murió de cáncer hace diez años, pero esperó el final sin usar sus métodos

Tenía un lema que guió su vida: “Morir no es un crimen”. Es una tontería grande como un pino, una perogrullada que intenta ser sutil y es hasta absurda. Jorge Luis Borges lo dijo mejor y con una reflexión sencilla y profunda: “Morir es una costumbre que suele tener la gente”.

Pero a Jack Kevorkian Borges le importaba nada: estaba interesado por la muerte. Ganó en buena ley un apodo siniestro, “Doctor Muerte”, un oxímoron que lució con cierto orgullo. Además de médico, fue pintor, músico, intentó ser político y se consagró como un activista del derecho de la gente a morir sin sufrir. Fue un defensor de la eutanasia y de lo que llamó, no sin involuntaria ironía, el “suicidio asistido”.

En los años 80 escribió una serie de artículos publicados en los diarios de Detroit, Estados Unidos, en los que defendía la eutanasia. En 1987 se ofreció como médico especializado en la “orientación de la muerte”. Entre 1990 y 1998 ayudó a morir a más de ciento treinta pacientes. Inventó dos máquinas que permitían a los moribundos, o a quienes tenían certeza de su final inminente, a administrarse químicos letales para terminar con su vida. Fue juzgado y condenado a entre diez y veinticinco años de cárcel por asesinato en segundo grado. Cumplió sólo ocho años de prisión y fue liberado en 2007 por razones de salud y por buena conducta, previo compromiso de que no volvería jamás a asesorar a nadie sobre cómo morir. Murió el 3 de junio de 2011, hace diez años y a sus 83. Su lucha, que no fue tal, puede verse de dos maneras: como la de un adelantado que velaba por la muerte digna, o por la de un ser extraño que escudado en el ideal de evitar el sufrimiento, escondía una no menos extraña atracción por la muerte que guio su vida hasta el final.

En las tres o cuatro décadas que transcurrieron desde sus andanzas, la ciencia médica terminó por aceptar su idea de evitar el sufrimiento previo a la muerte, en la que Kevorkian no era siquiera original. Pero los métodos con los que intentó imponer su concepción, emporcaron aquel ideal y retrasaron quién sabe en cuanto tiempo los avances científicos, morales y hasta filosóficos que aceptaron, o aún debaten, la eutanasia.


Kevorkian saltó a la fama no sólo por sus posturas audaces, sino por la exhibición, algo descarada, que hizo de sus métodos, de sus casos y hasta de la privacidad de sus pacientes. Es a partir de esos años, los 80, que se ubica a Kevorkian en la ruta, que él convirtió en escabrosa, de ayudar a morir a la gente. Lo ratifican aquellos primeros artículos periodísticos en los que fijó su posición frente a la eutanasia y al “suicidio asistido”. Es una idea falsa. Kevorkian sintió una extraña fascinación por la muerte desde muy joven. Algunos costados de la vida del Doctor Muerte son poco conocidos y es preciso rescatarlos del olvido. Esta es su historia.

Jacobo “Jack” Kevorkian nació el 26 de mayo de 1928 en Pontiac, Michigan. En 1945, cuando la Segunda Guerra llegaba a su fin, se graduó con honores y a los 17 años en el Pontiac Central High School. Y en 1952 egresó de la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan en Ann Arbor. Es de esos años que, según sus amigos de entonces, a Kevorkian le viene el apodo de Doctor Muerte. Sus compañeros de residencia médica en 1954 lo recordaron siempre como un tipo “inquietante” y hasta llegaron a dudar de su estado mental. Era un encendido relator de las masacres que los turcos habían desatado sobre sus antepasados armenios y llegó incluso a ensayar una defensa del nazismo porque “jamás podrán volver a hacerse los experimentos humanos hechos en los campos de concentración”.


El 11 de marzo de 1993, la periodista Barbara Walters posa con el Dr. Kevorkian y un dispositivo similar al que usaba para su método de eutanasia. AP


Semejantes relatos y opiniones lo hicieron el centro de atención de sus colegas residentes de Patología, junto con una práctica más extraña y turbadora que sus opiniones: Kevorkian hacía rondas especiales en busca de pacientes moribundos, a quienes les alzaba los párpados y los fijaba con tela adhesiva: quería fotografiar sus córneas y comprobar si los vasos sanguíneos cambiaban en el momento de la muerte. No parece que, por entonces, a Kevorkian le importara mucho la dignidad de los pacientes.

Esas observaciones le hicieron escribir en 1956 el artículo “The Fondus Oculi and the Determination of Death” “El Fondo de Ojo y la determinación de la muerte”, en el American Journal of Pathology. Su proximidad a los pacientes terminales lo llevó a elaborar sus primeras teorías cuestionadoras de la profesión médica tal como se entendía, y a impulsar el suicidio asistido como una forma de sobrellevar con dignidad el fin de la vida.

A principios de los años 60, Kevorkian ensayó transfusiones de sangre de cadáveres a personas vivas, y buscó autorizaciones para poder experimentar con los reos condenados a muerte porque, afirmó, era “un privilegio único experimentar con un ser humano que va a morir, como con cualquier otra persona que esté frente a una muerte inminente e inevitable.” Su atracción por la muerte pasó a su hobby favorito, las artes plásticas. Sus obras empezaron a incluir imágenes de asesinatos, personas decapitadas y otras escenas truculentas; una de ellas, “Genocidio”, luce en el marco la sangre del propio Kevorkian que creyó necesario incluirla como un aporte al arte, acaso limitado y chusco, pero aporte al fin.

Para entonces, años antes de los 80, en Estados Unidos no había demasiadas dudas sobre los perversos trastornos de la personalidad de Kevorkian. Por ellos fue despedido de varios hospitales e institutos, hasta que abrió su propia clínica de diagnósticos, que sucumbió al poco tiempo, porque no había institución ni profesional que le derivara sus pacientes. Se jubiló en 1982, que fue cuando inventó su propia especialidad, que rondaba su cabeza en estado de embrión desde mucho antes: la “obtiatría”, la manipulación de la muerte.

Entre 1990 y 1998 Kevorkian ayudó a morir a ciento treinta enfermos terminales, para los que inventó una máquina a la que llamó Thanatron”, “Máquina de la muerte” en una traducción libre, que permitía que los enfermos se administraran ellos mismos unos químicos letales que apuraban su muerte, al parecer indolora y sin sufrimientos. Las autoridades le suspendieron primero y le retiraron después su licencia médica con lo que Kevorkian quedó inhabilitado para acceder a químicos y drogas especiales. De manera que inventó, en la cocina de su casa, otra máquina, “Mercitron”, “Máquina misericorde”, que permitía a los enfermos suicidarse al inhalar monóxido de carbono a través de una máscara.

Junto con las muertes asistidas llegaron las detenciones y los juicios. El primer caso, en 1990, fue el de Janet Adkins, una maestra de 54 años que padecía Alzheimer. Kevorkian mismo avisó a la policía sobre el uso que iba a darle a su máquina Thanatron. Luego de la muerte de Adkins, que se avino a inhalar monóxido de carbono, la policía detuvo a Kevorkian. El esposo y los hijos de la maestra dieron a conocer entonces una carta suicida de la mujer. El escándalo fue tremendo y Kevorkian aprovechó para trepar la ola: “Trato de llamar la atención de la profesión médica para que acepte sus responsabilidades, que incluyen asistir a sus pacientes en la muerte. Con su cuerpo -dijo Kevorkian sobre Adkins- podríamos haber dividido el hígado en dos y haber salvado a dos niños; podría haberse aprovechado su médula ósea, su corazón, dos riñones, dos pulmones y un páncreas”. Mientras en Estados Unidos el debate sobre eutanasia y suicidio asistido se hacía nacional, Kevorkian recorría Michigan en una furgoneta Volkswagen destartalada con su máquina de ayudar a morir a bordo.

Entre 1994 y 1997 enfrentó cuatro juicios por las muertes asistidas de seis pacientes. Fue absuelto en tres y el cuarto juicio fue declarado nulo. En 1995 la Asociación Médica de Estados Unidos lo calificó como “instrumento de la muerte” y de “una gran amenaza para el público”. Kevorkian parecía cabalgar a gusto con los dos potros a los que alimentaba: el de quienes lo veían como a un héroe que permitía morir con dignidad y sin mayores sufrimientos, y el de quienes lo veían como a un asesino de sangre fría que se adueñaba de la personalidad de quienes padecían dolores crónicos o enfrentaban a una muerte inevitable.

Esos eran los principales cargos en su contra. Las denuncias sobre las primeras ciento treinta muertes asistidas, dijeron que el sesenta por ciento de los pacientes no eran terminales, ni enfrentaban una enfermedad grave; Kevorkian no disponía de un estudio exhaustivo de ninguno de esos casos; carecía de un examen psiquiátrico de sus pacientes, muchos de ellos afectados de depresión; tampoco había intentado derivarlos a un especialista, incluidos los expertos en el tratamiento del dolor, ni había tenido en sus manos las historias clínicas de sus pacientes.


El 17 de setiembre de 1998, Kevorkian aplicó una inyección de cloruro de potasio a Thomas Youk, que padecía las instancias finales de una Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) y carecía de toda posibilidad de moverse, por eso fue necesaria la participación directa de Kevorkian, que filmó todo el procedimiento. Dos meses después, el 23 de noviembre, las escenas de la muerte de Youk se vieron en el famoso programa periodístico americano “60 Minutos”. Kevorkian fue detenido entonces acusado de homicidio. L. J. Dragovic, médico forense de Oakland y encargado de llevar adelante las investigaciones sobre los suicidios asistidos, siempre se negó a considerarlos como tales, y menos “facilitados por un médico”. Para Dragovic, Kevorkian, “no es más que un verdugo múltiple” que había facilitado cerca de cuatrocientas muertes con sus métodos de eutanasia directa, una práctica que era ilegal.

La idea del verdugo serial fue reforzada por la opinión de Kalman Kaplan, director del Centro de Investigación sobre el Suicidio, de Chicago, que estudió cuarenta y siete de los casos de suicidio asistido. Kaplan afirmó: “Hay muy pocas pruebas de que Kevorkian haya consultado con el médico o el psiquiatra de las víctimas”, lo que dejaba al desnudo los motivos que impulsaban al Doctor Muerte a concertar el suicidio asistido casi en las primeras visitas a sus enfermos. Lo acusaron de recomendar uno el mismo día de su primera visita a la paciente.

La muerte asistida de Thomas Youk, la filmación hecha por Kevorkian y cedida a “60 Minutos”, lo llevaron primero a la cárcel y luego a juicio. Un jurado lo encontró culpable de homicidio en segundo grado, que define al asesinato intencional no planificado, ni premeditado, ni cometido por un “arrebato pasional” razonable y, también, al asesinato provocado por un comportamiento peligroso y por la evidente falta de interés por la vida humana por parte del delincuente.

Kevorkian fue condenado en 1999 a una pena que oscilaba entre los 10 y los 25 años de prisión, de los que cumplió sólo ocho debido a una salud precaria y a su buena conducta. Salió de la cárcel el 1 de junio de 2007, bajo la condición de no volver a asesorar a nadie sobre modos de morir. Las rejas le habían renovado los aires y afilado las ironías. Cuando le preguntaron qué había sido lo peor de sus años de prisión, dijo: “Los ronquidos”.

Siguió su vida como un activista del derecho a la eutanasia, mientras el mundo científico y la moral social se amoldaban con paciencia y no sin recelos, a la idea de la muerte digna. El mundo vivía nuevas formas de relaciones humanas y de estructuras familiares, sus habitantes exigían la sanción de nuevos derechos, y la vigencia de los postergados, como aspiración a mejorar sus condiciones de vida y sus posibilidades de progreso. Entre esos derechos asomaba el de la muerte digna. Estados Unidos llegaría a tener tres Estados en los que la eutanasia es legal, Oregón, Montana y Washington, como es legal también hoy en siete naciones: Países Bajos, la pionera, Bélgica, Luxemburgo, Canadá, Colombia, Nueva Zelanda y España. En todo caso, las ideas y los debates que impulsan nuevas y mejores formas de vida que alcanzaban a la forma de morir y hasta a la idea de la muerte, marchaban, y marchan aún, lejos de una Volkswagen descacharrada, con una máquina en su interior para que aspiren monóxido de carbono quienes se sientan desahuciados por un mal.

El 15 de enero de 2008, siete meses después de dejar la prisión, Kevorkian volvió a defender sus tesis frente a casi cinco mil personas en la Universidad de Florida. Dijo entonces que su intención “no había sido la de matar a los pacientes, sino la de evitarles el sufrimiento”. Dos meses después, anunció que se postulaba como diputado al Congreso de Estados Unidos por Michigan. Lo hizo como candidato independiente y obtuvo 8.897 votos. Se vio recompensado por el cine, que puso su vida agitada y discutida en una película que protagonizó Al Pacino.

Con dificultades renales durante muchos años, en 2011 se le diagnosticó cáncer de hígado provocado tal vez por Hepatitis C, como admitió su amigo personal Neal Nicol. El 18 de mayo de ese año fue internado en el William Beaumont Hospital in Royal Oak, de Michigan, por una neumonía y con sus riñones deteriorados. Se agravó de forma rápida y murió por una trombosis cerebral el 3 de junio, ocho días después de su cumpleaños 83.

Pese a que alguna vez había dicho que le temía a la muerte como cualquier otro ser humano, no hay constancia de que haya pedido para sí el alivio que pregonaba para los demás. No pidió ir al encuentro de la muerte y sí quiso esperarla, y fue complacido, con música de Johann Sebastian Bach, que cantaba a la vida y a la gloria de Dios.

Fue enterrado en el White Chapel Memorial Park Cemetery, en Troy, Michigan. En su lápida se lee: “Se sacrificó por el derecho de todos”.

Por Alberto Amato para Infobae

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