
Dejó la ciudad, en la ruta encontró el amor y visitó 54 países: “Fue un viaje de calidad, no de millas”
EditorAndaba perdido. Franco Busso (33) salió de su casa sin saber lo que buscaba y nueve años más tarde, lo encontró. “A veces uno tiene muchas cosas, pero no hace más que cargarse de ellas”, le dice a Infobae. Ese sentimiento de pesadez e insatisfacción lo llevó a huir de su realidad.
En 2012 en un acto desesperado compró una Kombi Volkswagen de 1985. No tenía muchos ahorros, sólo lo que había podido juntar trabajando de 9 a 18 en consultora del microcentro porteño. El plan inicial era dejar Buenos Aires, la comodidad de su casa, los afectos, la facultad y esa zona de confort que tanto lo abrumaba, a cambio de una vida más sencilla. Si bien el destino final era Alaska, ocurrió mucho más que eso.
La primera parada inesperada
A las pocas cuadras de su casa en Zona Norte tuvo el primer obstáculo. La Kombi se rompió. Franco no tenía experiencia mecánica, todo lo contrario. “Me crucé con un desconocido que me la arregló. Me dijo, ’flaco, no te preocupes que vas a llegar a donde quieras’. En ese momento entendí que el viaje lo iba hacer la gente”, le cuenta a Infobae, recién llegado de Costa de Marfil, África, después de recorrer 54 países.
Nómada, mochilero, “tallador de sueños”, como se define. Franco es un poco de todo eso. Aunque él lo explica de manera mucho más simple: “Un viajero al que el mundo le dio una gran oportunidad, y no quiso desaprovecharla”. No perdió el tiempo, solamente lo disfrutó.
Franco convirtió a la kombi en su hogar: una cama, una cocina, un ropero, instaló paneles solares para la electricidad y hasta colgó portarretratos. El patio de su casa, el más verde, el más grande, fue el mundo. A la kombi la bautizó Clarita por su hermana y le dio marco a su expedición: Rutas Salvajes. La condición innegociable, viajar sin prisa. En promedio, a 80 kilómetros por hora.
Todo pretendía ser perfecto. Pero el verdadero desafío no fue solo aprender a vivir liviano, algo a lo que pudo adaptarse rápidamente, sino a solventar la vida en ruta. Los primeros tres años los hizo solo. Y no fue para nada sencillo. No es artesano, ni músico, dos herramientas que le hubieran permitido generar algo de ingresos para pagar su vida. Entonces hizo de todo. “Trabajé en construcciones, en talleres de autos, limpiando bares. Esas actividades que no haces en tu casa”, admite. “Más de una vez me pregunté qué estaba haciendo”.
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Lomitos salvajes
Dicen que en los momentos de crisis nacen las ideas brillantes. Algo de eso le ocurrió al viajero. Decidió convertir a Clarita en un food truck, recortó el techo, y le puso una barra. El problema, otro más, era que no sabía cocinar. Pero con un poco de ingenio, inventó un plato novedoso: lomitos al fernet, que fue un boom en las plazas de Paraguay. No solo eso, le dio el combustible necesario para manejar por El Salvador, Panamá, Cuba, México, Kansas, Colorado, Canadá y finalmente, Alaska.
Antes de eso hubo un encuentro que le cambió la vida. Se cruzó con Olga, hoy su mujer y copiloto. Una joven rusa que estudiaba en Paraguay y quiso ser parte de esta loca aventura. “Viajar solo esta buenisimo, se lo recomiendo a todos, pero también es hermoso compartirlo”, destaca. Hoy son tres, porque en ciudad de México rescataron a Marcos, el subcomandante de Rutas Salvajes, un gatito que encontraron en un taller. Este ya pisó más de 30 países.
La búsqueda del tesoro
Franco debió dejar todo su equipaje emocional para emprender la aventura. Durante los años afuera se nutrió de momentos valiosos. Una manera de atesorarlos fue a través de una colección de patentes que cuelgan en el interior de la kombi. “Cada patente trae una historia detrás de una situación. No necesariamente linda. La primera llegó en Paraguay, cuando un desconocido se convirtió en amigo. Ya tenemos más de 200 tesoros. Algunos corresponden a países que ya no existen, otros a períodos de guerra o dictadura”. Más de una vez les han ofrecido dinero por una de esas reliquias “pero la historia no se vende””.
Un viaje de calidad
En 2017, en pleno invierno, los tres llegaron a Alaska, ese destino que tanto habían soñado. Pasaron meses descubriendo cada rincón, pero sobre todo conociendo gente, el motor de este proyecto. “Es un viaje de calidad, que se mide en amigos, y no millas”, destacan ambos. El cuenta kilómetros nunca funcionó, así que no tienen el número exacto.
Desde el extremo noreste del mundo quisieron seguir el itinerario por Europa, Asia, y África. Estuvieron en el Mundial de Rusia en 2018 con Diego Maradona, escaparon de los policías kurdos en Irak, probaron kumy (leche de yegua) en Mongolia, y lo casi inevitable: se contagiaron de Covid en marzo de 2020 en África.
La pandemia, un freno de mano
La llegada del virus los volvió a desafiar. “Cuando vino la pandemia dijimos qué bueno que podíamos parar un poco por el tema económico, tuvimos que resurgir una vez más”. En Costa de Marfil abrieron una tienda de empanadas solo apta para delivery. “No sabíamos idiomas, así que el traductor de google fue nuestra salvación. Eso nos permitió juntar algo de dinero para volver a casa. Ya era hora”.
Hace cuatros meses regresaron a Buenos Aires. Los tres. Ahora quieren explorar una vez más la Argentina. “Para un viajero no estar en la ruta es muy difícil”.
-Dejaste Buenos Aires lleno de dudas, incomodidad, y cierta inconformidad. ¿Encontraste lo que buscabas?
-Encontré lo que no sabía qué buscaba. Mucho más de lo imaginé que podía ver ahí afuera: paz. Tanto afuera como adentro, y mucho amor. No que acá no lo haya tenido, sino que por tantos estímulos que tal vez estaba mirando para el lugar equivocado. Quizás me tuve que ir hasta Mongolia para darme cuenta que todo estaba, acá dentro.
Fotos y videos: Alejandro Beltrame
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