El increíble cerebro de un limpiador de alfombras que habla 24 idiomas

Curiosidades 02 de mayo de 2022 Por Editor
Vaughn Smith, de 46 años, escribe con fluidez en ocho alfabetos y puede conversar en muchas más lenguas, incluidas algunas indígenas; su caso fue estudiado por científicos de Harvard y del MIT

El limpiador de alfombras carga su pesada máquina por la escalera, desenreda las mangueras y promete descartar el agua sucia en el baño que le habilitaron para eso. Es un día como cualquier otro de fregar alfombras por menos de 20 dólares la hora. “Cuéntenme de esta mancha”, les dice Vaughn Smith, de 46 años, a sus clientes del día. “Es la marca de Schroeder que se rasca la panza ahí”, le contesta uno de los dueños de casa.

Vaughn sabe exactamente qué hacer y la pareja, Courtney Atamm y Kelly Widelska, le tienen toda la confianza del mundo. Hace años que lo contratan y lo han visto sacar las manchas más rebeldes.

Pero este año, cuando Vaughn los llamó para confirmar la visita de enero, les explicó con toda tranquilidad que había algo de él que nunca les había contado: había una periodista escribiendo una nota sobre él. Si no les molestaba, ¿podía llevarla cuando fuese a limpiarles la alfombra?

Ahora, cuando lo escuchan hablar de la porosidad de la lana y de la diferencia entre el impermeabilizante de tapizados y el protector de telas en aerosol, no pueden evitar mirar a Vaughn con otros ojos. “¿Cómo es entonces? ¿Cuántos idiomas hablás?”, lo interrogan. “Con fluidez, ocho. Inglés, español, búlgaro, checo, portugués, rumano, ruso y eslovaco. Pero si consideramos distintos grados de fluidez, hablo más de 25…”, explica Vaughn.

Según su propio conteo, en realidad habla más de 37 idiomas, 24 de los cuales los maneja lo suficientemente bien como para mantener conversaciones largas. Vaughn sabe leer y escribir en ocho alfabetos. Puede contar lo que sea en italiano, finés y lenguaje de señas. Está estudiando por su cuenta los idiomas indígenas, desde el náhuatl mexicano hasta el salish de Montana. Y su perfecta pronunciación en holandés y catalán deja pasmados a holandeses y catalanes.

Los “hiperpolíglotas” son esas personas que, según la definición de los expertos, pueden hablar más de 11 idiomas. Cuanto más alto es el número, más infrecuente el caso. Pero hay muchos casos documentados de leyendas lingüísticas que nos obligan a plantearnos y reconsiderar los límites del potencial humano.

¿Cómo llegó Vaughn a eso? ¿Cómo funciona su cabeza? ¿Por qué se gana la vida limpiando alfombras? Para Vaughn, ninguna de esas preguntas tiene sentido. Sabe que recuerda nombres, fechas, números y sonidos mucho mejor que la mayoría de las personas, pero siempre ha sido un misterio incluso para él. Sin embargo, su motivo para dedicar la vida a aprender tantos idiomas no lo es.

Al principio, pensaba que existían dos idiomas: el inglés que hablaba su papá y el español que hablaba su mamá. Ya de chico le gustaba visitar a su familia en Orizaba, México, porque le gustaba el sonido del español en su boca. Criado en Maryland, trataba de no hablar en español. Ya era de piel más oscura que los otros chicos, y no quería sentirse más diferente todavía. El español fue su primer secreto.

Pero una vez llegaron de Bélgica unos primos lejanos de su padre y usaban palabras diferentes, que Vaughn nunca había escuchado. No entender le causaba mucha frustración. “Yo quería tener ese poder, esa capacidad”, recuerda. Y desde ese día se quedó fascinado con cada idioma nuevo que descubría: los discos en francés de su madre, un diccionario de alemán que encontró en uno de los trabajos de mantenimiento de su padre, un chico de la Unión Soviética que se incorporó a su clase en la secundaria. Para entonces, uno de los lugares favoritos de Vaughn era la biblioteca, y ahí fue que pidió consultar un libro para principiantes de idioma ruso.

Sandra Vargas, la madre de Vaughn, notó el talento de su hijo para el lenguaje la primera vez que lo llevó a visitar a su familia en México

Para sus padres y maestros, Vaughn era más bien una decepción. Cuando le tocaba leer en voz alta, arrancaba en la oración equivocada, los docentes se quejaban de que no prestaba atención y sus padres no sabían qué hacer con él. “Siento que no supe guiarlo para que le fuera mejor”, dice hoy su madre, Sandra Vargas.

Pero Sandra tenía poco más de 20 años, se estaba divorciando del padre de sus hijos, y criaba a Vaughn y a su hermano en un país completamente nuevo. Cuando advirtió que su hijo no se vinculaba con otros niños como debería, lo llevó a un psicólogo, que simplemente le dijo que él era “muy, muy inteligente”. Pero su hijo fue creciendo y ella se dio cuenta de que la cosa no era tan sencilla.

“No solo tienen un gran cerebro, sino un gran corazón, y el problema es ese –dice Sandra–. Porque es extremadamente sensible. Y tiende a pensar que no lo quieren”.

Escuela secundaria
A los 14, Vaughn había ido a vivir con su padre en un apartamento en el sótano de Tenleytown, no lejos del barrio de las embajadas de Washington. Ahí ya no tenía miedo de verse diferente a sus compañeros, porque el alumnado de la Escuela Secundaria Wilson incluía niños de todo el mundo, que hablaban otros idiomas.

Había un grupo de estudiantes brasileños, así que empezó a aprender portugués. Se hizo amigo de dos rumanos, que le escribían listas de frases en rumano y observaban cómo Vaughn las memorizaba. También había una tímida niña de Etiopía, y le pidió que le enseñara amárico.

Los fines de semana se iba en ómnibus al centro de la ciudad, hasta la Biblioteca Conmemorativa Martin Luther King Jr., que según había descubierto contaba con la mejor selección de libros de idiomas de la ciudad. Cuando regresaba a la escuela, tenía aún más que decir y entendía cada vez más. Vaughn se estaba conectando de una forma única, distinta a la de los demás.

Pero a los 17 su madre lo llevó de vuelta a Maryland, donde Vaughn se anotó en el curso de nivel más alto de ruso que había en su nueva escuela: nunca había tomado una clase formal de ese idioma en toda su vida. Terminó la secundaria y hasta ahí llegó. Un consejero lo animó a anotarse en un terciario de formación para asistentes médicos, pero no pasó el examen de ingreso.

“Dije listo, ya está, y abandoné”, recuerda Vaughn. Y así comenzó una adultez marcada por trabajos que iban y venían. Fue pintor, portero, tiracables de una banda de punk rock y repartidor de kombucha. Los días que no tiene alfombras para limpiar, ayuda a un amigo a teñir las ventanas del edificio de oficinas. Una vez fue el paseador de perros de la coleccionista de arte checa Meda Mládková, viuda de uno de los directores del Fondo Monetario Internacional. La mujer luego lo contrató como cuidador de su casa en Georgetown, y eso fue lo más cerca que estuvo de tener una carrera en la que poder utilizar los idiomas. Los visitantes de la casa hablaban casi todos los dialectos de Europa del Este, y en poco tiempo también lo hacía Vaughn.

Aunque es común escuchar palabras como “fluido” o “conversacional”, no existen definiciones universalmente aceptadas de los niveles de conocimiento de un idioma. Las pruebas de competencia desarrolladas por gobiernos o instituciones académicas suelen poner el foco en las habilidades necesarias para expresarse en contextos formales, y no en el lenguaje casual, de jerga o emocional, necesarios para comprender verdaderamente otra cultura.

Concurso de 1990
El caso más conocido de prueba de las habilidades de los hiperpolíglotas fue en un concurso de 1990, cuyo objetivo era encontrar al hablante más multilingüe de Europa. Los participantes mantuvieron breves conversaciones con hablantes nativos o avanzados de numerosas lenguas que les otorgaron puntos en función de sus aparentes competencias. El ganador, un organista escocés llamado Derick Herning, mostró competencias significativas en 22 idiomas. Se dice que antes de morir, en 2019, había aprendido al menos ocho idiomas más.

Los hiperpolíglotas más renombrados rechazan la pregunta sobre cuántos idiomas hablan, porque para ellos esa pregunta soslaya e ignora los muchos matices del conocimiento de una lengua.

Michael Erard, quien para su libro Babel No More encuestó a más de 400 personas que afirman hablar al menos seis idiomas, sostiene que es más fácil creer en las habilidades lingüísticas de una persona cuando no intenta monetizar sus habilidades.

Durante la realización de esta nota, hubo entrevistas a 10 personas que habían visto a Vaughn usar sus idiomas a lo largo de los años y observado entablar conversaciones en 17 de los idiomas que maneja. Con Richard Simcott, organizador de una conferencia internacional para políglotas, en el transcurso de la conversación contó historias en galés, búlgaro, serbio, noruego y varios más.

Para Vaughn, cada idioma que él habla es en realidad una historia sobre la persona que se lo hizo descubrir. Aprendió el lenguaje de señas estadounidense de los estudiantes de la Universidad de Gallaudet en un club llamado Tracks, que tenía una pista de baile donde los no videntes “leían” las vibraciones de la música.

Aprendió algo de japonés del personal de un restaurante donde se ofreció como voluntario para limpiar la pecera una vez por semana. Cuando a su sobrina le gustó la forma en que sonaba la palabra pollo en idioma salish, comenzaron a estudiarlo juntos; se hicieron amigos de las autoridades de la escuela de la reserva india de Flathead y fueron dos veces en auto hasta Arlee, en Montana.

Vance Home Gun, que trabajaba en la escuela, se sorprendió. “Incluso en nuestra tribu, hay muy pocas personas que puedan hablar en salish”, dice.

Investigación
En los años que Vaughn pasó acumulando idiomas, la neurocientífica nacida en Rusia Evelina Fedorenko estaba en Estados Unidos en una de las universidades más renombradas del mundo, estudiando a personas como él. Gran parte de la investigación sobre cómo nuestros cerebros procesan el lenguaje se centra en personas con trastornos del desarrollo o accidentes cerebrovasculares que afectaron su capacidad de habla. Uno de los objetivos de Fedorenko fue tratar de descubrir el secreto del otro extremo del espectro: personas con habilidades lingüísticas avanzadas. ¿Qué distingue a los políglotas e hiperpolíglotas del resto de nosotros?

Consultada para esta nota, Fedorenko invitó a la autora y a Vaughn a ir a Boston para ser sometidos a una resonancia magnética del cerebro. “Vaughn, me emocioné mucho al ver el catalán en su lista de idiomas –le dice Saima Malik-Moraleda, una de las estudiantes de doctorado–. Soy de Gerona”.

El nerviosismo de Vaughn parece evaporarse en un instante. “¡Tuve un amigo de Palma de Mallorca!” responde, emocionado de contarle sobre el amigo que le enseñó catalán 15 años antes.

Saima sigue bromeando con él, notando la precisión de su acento. Ella también es políglota. ¿Son sus cerebros esencialmente diferentes de los cerebros monolingües?

Malik-Moraleda le muestra a Vaughn la máquina que ayudará a responder esa pregunta, con imágenes de resonancia magnética funcional. Durante dos horas, realiza una serie de pruebas, lee palabras en inglés, observa cómo se mueven las imágenes azules y escucha idiomas, algunos que conoce y otros que no. Mientras tanto, la máquina zumba, zumba y dispara, tomando imágenes tridimensionales del cerebro de Vaughn cada dos segundos.

Cada imagen divide básicamente todo su cerebro en cubos de dos centímetros y monitorea la cantidad de oxígeno en la sangre en cada uno. Cada vez que se activan las áreas de procesamiento del lenguaje, esas células usan oxígeno y la sangre fluye para reponerlas. Al observar dónde ocurren esos cambios, los investigadores pueden identificar exactamente qué partes del cerebro de Vaughn se usan para el lenguaje.

En la pantalla que mira Malik-Moraleda, son todos tonos de un gris inmutable. El escaneo cerebral de la periodista se ve igual. Pero después de una semana, esas imágenes fueron analizadas para producir dos coloridos mapas de ambos cerebros.

La resonancia mostró que las partes del cerebro de Vaughn utilizadas para comprender el lenguaje son mucho más pequeñas y tranquilas que las de la autora de esta nota. Esto coincide con el hallazgo de los investigadores en otros hiperpolíglotas que han estudiado.

“Cuando habla en su lengua materna, Vaughn necesita el envío de menos oxígeno a las regiones de su cerebro que procesan el lenguaje”, explica Malik-Moraleda. “Usa tanto el lenguaje, que se ha vuelto sumamente eficiente en el uso de esas áreas de producción del lenguaje”, agrega.

Es posible que Vaughn naciera con sus áreas de lenguaje más pequeñas y también más eficientes. Es posible que su cerebro comenzara como el de cualquiera, pero como él aprendió tantos idiomas mientras su cerebro todavía estaba en etapa de desarrollo, esa dedicación modificó su anatomía. O podrían ser ambas cosas. No hay forma de saberlo con certeza.

Vaughn se queda pensando en los neurocientíficos de Harvard y MIT que se pasaron el día haciéndole preguntas. No solo para su investigación, sino porque quieren saber cómo parecerse más a él en su propio aprendizaje de los idiomas. “Es muy gratificante. Ahora conozco mi valor como persona”, dice.

Y entonces saca su teléfono y abre la aplicación Duolingo: está en una racha de 330 días seguidos de práctica del galés y no está dispuesto a interrumpirla.

Por Jessica Contrera

Traducción de Jaime Arrambide

The Washington Post

Editor

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