“Un día volvés a sonreír”: su hijo murió y ella convirtió su dolor en ayuda a quienes sufrieron trágicas pérdidas

Mundo 13 de septiembre de 2021 Por Editor
El 10 de abril de 2020, con el mundo en plena cuarentena por el coronavirus, Jess Browne perdió la vida que hasta entonces había tenido. Su hijo mayor, Ignacio “Nacho” Vázquez Browne, de 28 años, se suicidó en Buenos Aires donde vivía con su abuelo. Ella no pudo viajar a despedirlo. Aun desgarrada, 17 meses después creó en las redes una comunidad para ayudar a superar los duelos más difíciles

El viernes 10 de abril de 2020, con el mundo en plena cuarentena por el coronavirus, Jess Browne perdió la vida que hasta entonces había tenido. Su hijo mayor, Ignacio “Nacho” Vázquez Browne, de 28 años, se suicidó en Buenos Aires donde vivía con su abuelo, Willie Browne. Y no fue un arrebato, era algo que tenía decidido desde hacía tiempo y así lo explicó en las cartas que dejó a su mamá.

Jess se enteró de la tragedia a 11.265 km, en Londres, donde residía con su marido y sus dos hijos menores.

Dolor real en la virtualidad; un angustiante entierro por Zoom en un mundo estremecido por la pandemia y el blog que Jess venía escribiendo desde hacía tiempo que pasó de la risa y las emociones cotidianas, al desconsuelo. Con un nuevo y significativo nombre, @empesares, ese blog se convirtió en el lugar donde Jess Browne pudo vomitar todo lo que la atravesaba en este triste y nuevo trayecto sin Nacho. Sus redes se llenaron de corazones azules, el color preferido de su querido hijo y una consigna comenzó a cobrar fuerza: que el amor nos oriente.

Esta historia, que contamos en Infobae en febrero de este año, se transformó rápidamente en otra impregnada de valor y de resiliencia. No volveremos a contarla, pero si querés conocerla, podés entrar al link.

Lo que nos trae a este segundo capítulo es lo que Jess acometió desgarrada: una tarea titánica para ayudar a quienes atraviesan situaciones parecidas por la pérdida de algún ser querido. Esos pedidos de ayuda que le llegan de a miles, son las voces de otros seres humanos que, a lo largo y a lo ancho del planeta, transitan sus propios duelos. Quienes la leen, adivinan en ella a alguien que puede entenderlos.

Poco a poco, en la cabeza imparable de Jess, esto fue dando forma a una idea: generar una red seria de contención para tanta angustia.

Mirar a los ojos del dolor

Jess había elegido, quizá sin darse cuenta al comienzo, enfrentar al dolor mirándolo directo a los ojos. Y para soportar lo que sentía le pidió a Nacho que, desde donde estuviese, la ayudara a poder comprenderlo y aceptar su decisión.

“Yo no podía entender. Nacho era querido, era buenmozo, tenía novia, era deportista, tenía trabajo, era alto, tenía familia… ¡tenía todo lo que solemos creer que posee la gente exitosa! Pero él se sentía un fracaso y que no podía expresar lo que le estaba pasando porque la sociedad no le daba ese espacio”, explica su madre.


Jess tuvo a Nacho a sus 21 años y se separó de su primer marido un año después. Con su hijo, crecieron muy pegados durante siete años. Luego, vino un nuevo casamiento y nacieron dos hijos más. La familia creció y Nacho se hizo grande. Destinos en distintos países para la familia, ensayos laborales de Nacho en otros continentes. Hubo tiempos de distancia física, pero estaban siempre las charlas, el amor incondicional y el reencuentro. En esas conversaciones, Nacho era el inconformista, el que cuestionaba cómo sucedían las cosas en el mundo. Soñaba lejos y alto. Sin que nadie lo supiera, Nacho arrastraba una depresión.

“Nacho se planteaba y replanteaba todo”, recuerda Jess, pero nada parecía indicar algo más serio, más profundo, más terminante.

Tres pérdidas consecutivas y la presión del “éxito”

La mamá de Jess murió en julio de 2019 en Buenos Aires. Gracias a los consejos de Nacho, Jess adelantó su viaje y llegó a verla para pasar con ella sus últimos días. Apenas comenzado el 2020, luego de unas peripecias de salud de Willie, el padre de Jess, sobrevino el suicidio de Nacho durante una internación de su abuelo. Finalmente, en junio del mismo año, también Willie murió. En menos de doce meses, Jess había perdido tres de los pilares de su vida. No tenía espacio ni en su cuerpo ni en su alma para albergar tanto dolor.

Sin embargo, y contra todos los pronósticos, se hizo un hueco para el resto de la gente que empezó a leerla en sus blogs.

En julio del 2020, además de El Blog de Jess (que ella ya tenía en Facebook y que hoy es una comunidad de más de 46.800 personas), comenzó a escribir uno nuevo al que llamó Empesares (donde tiene 26.500 seguidores) y se sumó a Instagram @empesares (donde la siguen otras 54.000 personas).

Rápidamente se dio cuenta de que ayudar la ayudaba a atravesar su propio duelo y le daba sentido a su vida.

Se percató, además, de que la catarata de mensajes de la gente no la ahogaba, por el contrario, le despertaba una necesidad infinita de colaborar.

La suicidio de Nacho se reveló para Jess como un profundo llamado de atención sobre la importancia de la salud mental. Eso quedó demostrado por el altísimo engagement de sus posts en Instagram: muchísima gente los likeaba, comentaba y deseaba contactarse con ella.

El camino había empezado a dibujarse.

Sus emociones expuestas en palabras, sin edulcorantes, explotaron en las redes donde solo se suele mostrar el éxito y lo bello. Es la prueba de que la sociedad no está anestesiada y que reclama algo más que una bella irrealidad.

Dice Jess: “Hay mucha presión para tener éxito. Estos pobres chicos de hoy, crecen conectados a una fiesta a la que no fueron invitados, donde todo es perfecto y bello. Yo quiero un Instagram que no sea todo lindo, porque en la vida no es todo lindo. Sí, es cierto: me pasó lo peor que te puede pasar, que se te suicide un hijo. Pero también podría haber sido peor... hay gente que le pasa lo que me pasó a mí y encima tiene otros miles de problemas. Por eso, quiero mostrar en las redes la realidad. Hay mucha presión para ser exitoso. Me pregunto, ¿quién es el más exitoso?, ¿el que tiene más plata?, ¿el que tiene más seguidores? No me considero exitosa por tener mucha gente que me sigue. Me siento exitosa cuando siento que le hice bien a alguien. Lo demás, es pochoclo. No hago publicidad a nada ni a nadie, y ojalá que algún día me quede sola en mi blog o en mi Instagram. Eso querrá decir que ya nadie me precisa”.

-¿Por qué escribís?

-Porque soy un manojo de emociones, ¡soy un cachorro con fiebre! Escribir, también, le hace más fácil la vida a mis hijos. Además, me gusta que me necesiten… Lo único importante es que cuando yo me vaya, mi vida haya servido de algo. Debo ser la única que disfruta cuando me bajan un poco los seguidores, porque pienso ¡qué bueno algunos ya no me necesitan!

-Ahora abriste una nueva cuenta en las redes donde hablás de otros temas…

-Sí, empecé a sentir que había días en los que no quería escribir algo triste, quería hablar sobre otras cosas. El @nuevoblogdejess acaba de nacer y todavía tiene pocos posts. Siento que refleja el proceso en el que estoy inmersa de integración del dolor y la alegría. ¡Pensé que nunca más iba a poder volver a reír o a disfrutar! De repente, hace tres meses, me di cuenta de que sí podía. El dolor y la alegría no son excluyentes, se mezclan. Hay lugar para los dos. El domingo pasado fui a misa y lloré sin parar. Tenía una angustia horrible. Estaba con una amiga y su hijo. Él me abrazó en silencio y la angustia pasó. La diferencia con lo que me ocurría antes, es que ahora yo ya sé que esa sensación va a pasar. Es como una ola enorme que viene, crece, te arrasa, pero sabés que va a pasar y que, en algún momento, vas a sacar la cabeza del agua.

-Y antes, ¿qué era lo que sentías?

-Sentía que no iba a poder. Cuando llegaba la ola de dolor me asustaba mucho. Está buenísimo cuando hay gente que me hace de testigo y no me dice nada y no intenta racionalizar mi dolor. Solo se queda ahí y me banca sabiendo que no hay nada que arreglar. Un testigo es alguien que no tiene idea de lo que te está atravesando, porque la experiencia de este dolor gracias a Dios es intransferible, pero se la aguanta y no te suelta la mano. Extraño a Nacho de una manera brutal, quisiera que nada de esto hubiese pasado, quiero mi vida como era antes… pero pasada esa oleada me doy cuenta de que yo todavía estoy aquí y que nada vuelve atrás. Ahora me pasa que me digo, pude, estoy pudiendo…

-¿Cómo fue que pudiste?

-En gran parte, gracias a todos los que estuvieron y no me soltaron la mano. También, porque trabajé un montón este año y medio para llegar al hoy. Me doy cuenta de que empiezo a enamorarme de mí. Hoy me quiero más, me gusta lo que estoy haciendo con lo que me pasó. Estoy orgullosa de mí. Es cierto, además, que tengo esa energía que me tocó en suerte, como me tocaron tantas otras cosas, como ser torpe o medir 1,74 m. Esto que empezó como un duelo, evolucionó y ahora somos un grupo dispuesto a ayudar.

 "Lo que más quiero en la vida es que no se me escape ni una persona más. Me gustaría salvar a todo el mundo…"
-Contame sobre esta misión que estás poniendo en marcha para ayudar a otros.

-Lo que más quiero en la vida es que no se me escape ni una persona más. Me gustaría salvar a todo el mundo… Cuando veo historias de chicos que están deprimidos, me doy cuenta de que hay más gente que necesita y quiere hablar que la que no quiere hacerlo. Por ejemplo, en los colegios o en las universidades del mundo, cuando te van a admitir, te hacen mil chequeos físicos, pero no se chequea la salud psicológica. Empecé a preguntarme ¿por qué no se hace? Sé perfectamente que nada se arregla con una sesión, pero debería prestarse mucha más atención a la salud mental. Deberíamos estar muy atentos. Cuando ves gente que tiene ataques de ira o que está siempre mal… eso se podría cambiar, tratar, revertir. Por eso, quiero construir una comunidad en la que siempre serás bienvenido si no estás bien.

-Cómo funcionará esta red que va a contener a los que no están bien o tienen a algún familiar en esa condición.

-Estamos recién empezando. Armamos un equipo con mi prima y su hija que son psicólogas y donan su tiempo para hacer terapia de grupo. Un amigo de Nacho que trabaja en Facebook nos diseñó la página. Mi amigo Roberto Escardó, que cuando yo trabajaba en Disney era mi editor, se puso el proyecto al hombro. Y otras dos amigas, me ayudan a clasificar todos los mensajes porque no damos a basto.

-¿Qué necesitan?

-Ya tenemos el dominio www.empesares.com, ahora, necesitamos más psicólogos, también podrían ser psiquiatras, que donen horas, porque la gente precisa que la escuchen y para eso se requiere tiempo de los profesionales. Estamos armando esa red para organizar a los que ya se ofrecieron para que puedan coordinar a grupos de diez o más personas. La idea es que la gente pueda entrar a la página o a Instagram y contar su historia, chatear con otros que pasan situaciones semejantes, contactar a un grupo o, simplemente, pedir ayuda. Aunque todavía no está todo armado ya pueden enviarme mensajes a Empesares, le voy a contestar rápido. Si sos psicólogo y querés donar una hora por semana podés manejar un grupo. No solo hablamos de gente a la que se le suicidó un familiar o que teme que se le suicide un hijo, sino también de quienes tengan, por ejemplo, un chico con bipolaridad. Necesitamos más tiempo que plata. Si después se acercan empresas que quieren donar para pagar a más psicólogos, está bien, pero para comenzar necesitamos horas de profesionales, voces autorizadas para aconsejar. Lo que estamos construyendo es una comunidad donde estar mal está bien y donde todo esté controlado: que no haya agresión, que no haya mensajes de política, ni nada de eso. Un lugar en el que si alguien está mal a la madrugada pueda ver quién está conectado y conversar.

"Lo que estamos construyendo es una comunidad donde estar mal está bien"

-Después de conocer tu historia, ¿te llamaron también de instituciones para pedirte ayuda?

-Muchísimo. Mirá, por ejemplo, hace poco me llamaron de un colegio del Chaco. Iban a dar clases a chicos de quinto año sobre salud mental y querían que yo contara mi experiencia con la historia de Nacho. Fue impresionante porque los chicos me preguntaron un montón y te sorprendería saber la cantidad que confesó que alguna vez había pensado en el suicidio. Muchos dijeron que querían hacer terapia. Hay que hablar más y escucharlos. Tienen que saber que pueden hablar, decir lo que sienten. Los varones se juntan a jugar al fútbol, eso está muy bien, pero yo les pediría que, además de jugar, hablen.

-Sos argentina, viviste en Estados Unidos, Chile, Brasil, Venezuela, Gran Bretaña… ¿Pensás que el descuido a la salud mental es algo que pasa en todo el mundo?

-Sí, totalmente. En todos lados. Hay un gran vacío de los gobiernos en esto. Si no tenés un muy buen seguro médico y tenés un problema de salud mental, las chances de salir adelante son pocas. Primero, porque muchas obras sociales no lo cubren y, segundo, porque cuando necesitás hablar con un especialista, por ejemplo en Inglaterra, puede ser que te lleve dos o tres meses conseguir una cita. No se le da la importancia a la salud mental como se debería. Si pudiésemos hablar de salud mental de la misma manera de la que se habla de un hueso roto, de colesterol o de diabetes, sería menos complicado detectar problemas. Hoy es difícil porque hay un gran vacío para hablar de esto y no está bien visto. Además, si los estados y las obras sociales le dieran un lugar a la salud mental, por ahí, hasta se ahorrarían plata en la salud física. Mirá mi caso. Yo tengo acceso a terapia psicológica y a médicos. He gastado más en médicos que en terapias porque al estar tan deprimida perdí un montón de peso, tuve que hacerme chequeos de todo tipo y necesito una nutricionista. El cuerpo habla. Ocupémonos de la cabeza de la gente para que el cuerpo hable menos. Mi hijo dijo claramente en sus cartas que sentía que en esta sociedad no había lugar para pedir ayuda. Eso me hizo pensar mucho. Siento que tengo el privilegio de que muchos me escuchan, así que esta es mi misión.

-¿Te gustaría formarte en algo y estudiar?

-Sí. Ahora estoy estudiando online con David Kessler, que vive en Los Ángeles, Estados Unidos, para ser acompañante de duelo. Es una eminencia en estos temas. Quiero aprender más para poder acompañar mejor a la gente.

David Kessler fue co-autor, con la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, del libro Lecciones de Vida. Es, además, voluntario para asistir en grandes catástrofes como los atentados de las Torres Gemelas en Nueva York y fundador de una cadena de centros de cuidados paliativos para enfermos terminales. Elisabeth Kübler-Ross describió en sus libros las cinco etapas del duelo: la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación. Kessler fue más allá y describió el sexto estado, que es el de encontrarle un sentido a la pérdida. Y de esto se trata lo que Jess está poniendo en práctica.

-Quiero ser profesional, quiero estar con las familias que sufren la muerte de alguien, ayudarlas a prepararse. Quiero que alguien que tenga una pérdida, en cualquier parte del mundo, pueda contar con mi ayuda y poder instalarme en su casa para escucharlo.

"Hay que habilitarle al otro estar mal sin decirle: 'Ponete las pilas, no seas flojo, no seas cobarde…'. Si se lo permitimos, esa persona va a poder pedir ayuda. Si digo que estoy mal, no lo tapo, no me hago el distraído y no lo niego"

-¿Por qué crees que la gente te sigue tanto?

-Creo que porque saben que lo que escribo es genuino. Pongo lo que hay, no lo que no soy. Cuando trabajaba en Disney, y todavía no me había ocurrido lo de Nacho, muchos me pedían que les escribiera una carta para un cumpleaños o lo que fuera. Nunca lo hice. No puedo escribir lo que no siento. No me sale.

-Jess, ¿por qué creés que callamos?

-Da mucho miedo hablar de esto y hay mucha ignorancia. Hasta ahora pudimos hacernos los bobos, pero ya no podemos esquivar el tema. Así como uno se chequea la salud todos los años, deberíamos chequear nuestra salud psicológica. Entiendo que haya gente que no quiera hacer terapia, pero hay que comprender la importancia que tiene. Los colegios deberían garantizar a los chicos un espacio para hablar. Que ellos sepan que no hace falta que estén todo el tiempo bien. Se puede estar deprimido o triste. En cada cultura, cada uno a su manera, calla. Pasa en todos lados. El índice de suicidios sube, la cantidad de gente que toma remedios aumenta y, en todos los países, está el agujero de la salud mental. No funciona en ningún lado. Estoy convencida de que es una misión muy valiosa hacer valer las emociones y ayudar a que se vea la importancia de los chequeos integrales, no solo del cuerpo.

-¿Qué quisieras decirle a la gente?

-Que hay que habilitarle al otro estar mal sin decirle: “Ponete las pilas, no seas flojo, no seas cobarde…”. Si se lo permitimos, esa persona va a poder pedir ayuda. Si digo que estoy mal, no lo tapo, no me hago el distraído y no lo niego. Invito a que Empesares sea de todos, que se hagan dueños, porque yo sola no puedo. Deseo ayudar y que me ayuden. En Empesares nadie cobra nada, nadie le paga nada a nadie. El cambio, para hacer un mundo mejor, empieza en uno.

-¿Hay un límite para llorar?

-No. Lloro todo lo que necesito. Llorar limpia. El duelo es el amor que no sabés dónde miércoles ponerlo. Evitar el duelo es postergar. Cada uno “duela” como vive. Yo soy intensa y así es mi duelo. La persona que es práctica es posible que tenga un duelo práctico, cada uno “duela” a su manera. Aunque el duelo tiene, también, la forma de la muerte. Y la muerte por suicidio es muy complicada porque te deja llena de dudas y de culpa. Una muerte siempre deja culpas, pero en el suicidio esa culpa es gigante y complicada.

Empezar una y otra vez

La última vez que Jess habló con su hijo Nacho fue el jueves 9 de abril de 2020. Fue una charla larguísima, llena de pavadas cotidianas. Y el último mensaje que Nacho le envió por WhatsApp fue una selfie con una máscara contra el coronavirus. Recién hace tres meses que Jess siente que ha podido volver a sonreír, de a ratos.

-¿Qué recordás del año que pasó?

-El primer año, cuesta mucho. Estás tan hundido en el dolor que vivís en carne viva. En abril, pasé por Buenos Aires. Se cumplía un año de la muerte de Nacho… estuve muy mal, pensé que no iba a poder. Mis amigos se asustaron. Pensá que a mí se me sumaron también las muertes de mi mamá y de mi papá, la pandemia y, recientemente, mi separación. Pero un día de junio de este año, de pronto, me sentí diferente. Comenzó lo que te conté al principio, ese proceso de integración de los sentimientos que parecen opuestos… la alegría y el dolor.

-Dentro de una familia cada uno procesa el dolor de manera diferente. ¿Es esperable que después de una muerte traumática como la de Nacho sobrevenga una separación?

-La muerte de Ignacio no es culpable de mi divorcio, en lo más mínimo. Creo que su muerte puso en evidencia que éramos dos muy buenas personas, pero cada uno hacía su duelo de manera única. Nos dimos cuenta de que no nos podíamos acompañar. La muerte de un hijo te pone toda la vida en un signo de pregunta y nada es lo mismo. Yo no soy la misma persona que habló con vos en enero de este año. Creo que, como matrimonio, tenés que ser muy sólido para poder atravesarlo, y claramente, nosotros no éramos sólidos. Si son muy sólidos, la pareja se va a unir un montón. En cuanto a los hijos es distinto porque ese contrato no se puede romper. Con mis hijos siento que hemos “duelado” diferente. Hoy lo entiendo porque todo esto lo estudié. Cada uno lo lleva como puede.

-¿A qué le temés hoy?

-¡Hoy no me entra una bala más! Creo que ya no le tengo temor a nada. Ayer pensé algo que me dio miedo y se lo dije al psicólogo: “Hoy siento que voy a estar bien aun si vuelvo a pasar por otra tragedia”. Estoy convencida de que es necesario sobrevivir, pero entiendo a los que no pueden. Hay que ayudar a esas personas para sacarlas de ese lugar de dolor sin fin. Mi papá me decía que yo había sido un corcho en otra vida, por ahí tenía razón y fui un corcho porque descubrí que puedo vivir flotando.

-¿Ves a muchas mujeres atrapadas en su duelo?

-Sí. He visto a mujeres con años a cuestas, que están mal y muy enojadas. Por ejemplo, se enojan con sus amigas porque no las llaman. Es lo normal, las amigas, después de un tiempo, ya no están tan pendientes y siguen con sus vidas. Hay algunas madres que no quieren buscar ayuda o que no pueden salir de la idea de que es injusto lo que les pasó. Piensan: “Si no se te murió un hijo, no quiero ser amiga tuya, no me entendés”. Eso es dolor en estado puro. Cuando escucho a esos padres pienso: ya perdimos demasiado, tratemos de no perder más. Yo también, hace dos años, como la mayoría de la gente, me moría de risa y no tenía en cuenta que existían madres que habían perdido a sus hijos. Por todo esto siempre me digo: no voy a usar la carta de que se me murió un hijo para que me tengan lástima. Quiero que sea al revés, que mis amigos, mi familia y mis propios hijos digan con orgullo “mi vieja pudo”.

-¿Y cómo se hace?

-Yo le hablo a las fotos de Nacho y le digo: “Vos te quisiste ir y yo no estoy de acuerdo. Estoy tratando de aceptar tu decisión, pero yo quiero estar acá y la vida vale la pena. Tengo cosas por hacer, tengo dos hijos más que me necesitan, tengo amigos y la sensación de que puedo aportar cosas a la sociedad”. Al principio, cuando ocurrió lo de Nacho, tenía más miedos que antes. Una vez Mateo me mandó fotos esquiando en el agua y tuve un ataque de pánico. No quería que Mateo e Isabella salieran de casa. Prefería que se quedaran conmigo y, si estaban tristes, tenía terror a que se pudieran suicidar. Pero esa sensación pasó. Ya no le tengo miedo a los aviones, quiero estar acá, pero si me muero me voy con Nacho. Además, me sentí muy apoyada por mis otros dos hijos, me ayudaron mucho. Para mi cumpleaños me escribieron cartas donde me dijeron que creían que era la persona más fuerte que habían conocido. Siempre fui consciente de que no podían perder a su mamá. Así que me esforcé por acompañarlos, por cocinarles y para que no pensaran: “En esta casa si no te morís no te dan bola”. Mis hijos ya no tienen dudas de que voy a estar bien y eso les permite vivir tranquilos.

-Dame alguna pista de lo que puede pasar en una casa con esta historia a cuestas.

-Bueno, en algún momento sentí que hablábamos demasiado de Nacho, mucho más que cuando estaba vivo. Y, poco a poco, intenté bajarlo de la atención del día a día para que todos tengan un lugar. Ahora, siento que hablamos lo justo, como si Nacho estuviese acá, con nosotros.

-¿Te angustia que tus hijos menores vivan lejos y ya no estén en tu casa?

-¡¡No!! Dejé a Mateo en la universidad donde va a vivir en los Estados Unidos y pude despedirlo con alegría. A los que lo recibieron les dije que Mateo había perdido a su hermano mayor y que sus padres nos separamos hace poco. Para que estén atentos. A mi hija Isabella la tengo lejos, pero en Europa. Ahora, que no voy a tenerlos más en casa, siento que lo único importante es que están en el mundo. Están bien y están vivos. Eso me alcanza. Si aprendí a vivir con Nacho en el cielo, puedo vivir con ellos residiendo en otros países. Si los llamo, ¡me contestan el teléfono!

De cara el futuro

Correr fue parte de su terapia. Por eso es que el 3 de octubre 2021 correrá la maratón de Londres apoyando a una fundación que colabora con la gente que perdió hijos y no tiene acceso a terapia psicológica. Jess sueña con hacer lo mismo en Buenos Aires y que quienes la acompañen lleven puestas las remeras de Empesares. También sueña con una fundación y con dar charlas en cualquier lado del planeta. Además, Jess concretó un acuerdo con la editorial Urano para publicar un libro con su proceso.

Jess Browne acaba de cumplir 51 años. Desde la partida de Nacho han pasado 17 meses. En ese camino, se enfrentó a sí misma en el espejo, se separó, se inundó de lágrimas, venció los miedos, tomó las manos tendidas a las que se aferró pidiendo, sin decirlo, silencio y se volcó a describir su tristeza. Finalmente, descubrió qué misión la ha traído por este mundo: ayudar a todos los que pueda.

El mundo no para con una muerte. Ni con mil. La vida sigue y te atropella. Por eso, Jess Browne siente que hoy es más Jess que nunca, y que no hay nada que pueda modificar su convicción de que el amor es la única estrella que podrá guiarla. En eso está enfocada.

Curiosamente, en este año y medio, le ha crecido en su clavícula derecha un lunar con forma de corazón.

Fuente: Por Carolina Balbiani para Infobae

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