Por qué es de inteligentes hacerse los tontos y hay tantos estúpidos que parecen inteligentes

General 09 de enero de 2023 Por Editor
Aunque tengamos muchas herramientas cognitivas para llegar a un buen racionamiento, siempre fallará nuestro sentido común

¿Está reñida la inteligencia con la estupidez? Piensa en el siguiente ejemplo: un alumno se prepara mucho para un examen. Tanto es así que, cuando se lo plantan encima de la mesa, lo resuelve sin problemas. Este estudiante tiene unas capacidades lógicas y memorísticas que resaltan sobre el resto, de hecho es considerado el mejor alumno de la clase. Pero a la hora de entregarlo, comete el error de depositar en la mesa del profesor la hoja en sucio, donde había desarrollado y estructurado las respuestas. En las correcciones, el profesor no entiende nada, ya que su folio está empañado de tachones y saltos sin sentido. El día de la reclamación, el alumno descubre en su mochila la hoja oficial de respuestas del examen. Después de haber dedicado tantas horas al estudio, haberse memorizado todo el temario y ser capaz de resolver los problemas lógicos, se da cuenta de que cometió el acto tan estúpido de entregar la hoja en sucio y no la oficial. Se siente desdichado: ¿fueron los nervios, las ganas de salir de aquella situación o el mismo destino que se estaba riendo de él?

Con este ejemplo, que seguro le ha sucedido a más de uno que iba muy preparado a una prueba de conocimientos, podemos ilustrar el curioso caso de la estupidez humana y su relación con la inteligencia. A diferencia de factores como el nivel de coeficiente intelectual, la estupidez humana no es mensurable y afecta a todos por igual, a los que no tienen demasiadas habilidades cognitivas y a los que son unos cerebritos con patas. Todos cometemos actos estúpidos, actos que, al momento de reparar en ellos y someterlos a revisión, nos hacen sentir imbéciles. ¿Cómo pudimos fallar de esa forma? Nos faltó sentido común, un atributo muy curioso que sirve para designar ese proceso lógico que todo el mundo es capaz de resolver, pero que termina escaseando tarde o temprano. El filósofo Voltaire decía aquello de que "el sentido común no es tan común", y realmente se trata de una cualidad que todos tenemos (de ahí el común), pero que no siempre ponemos en práctica. Y entonces pensamos en lo estúpidos que somos.

Una gran paradoja
Esta es la gran paradoja de la estupidez y de la inteligencia, ya que se pueden atesorar herramientas cognitivas de lo más sofisticadas para resolver grandes problemas lógicos, pero luego, a la hora de la verdad, fallar ante el error de cálculo más simple y anodino. Ese pequeño detalle que no tuvimos en cuenta y que por desgracia acabó afectando para mal al resultado final. Efectivamente, podemos sentirnos estúpidos y también vernos involucrados en situaciones que fuerzan la estupidez, dependiendo de dónde situemos el error, si en nosotros mismos o en el contexto que nos dio pie a comportarnos de manera estúpida.

Así lo cree Antonio Gómez Ramos, doctor en filosofía y profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, quien en un ilustrativo trabajo titulado precisamente La paradoja de la estupidez reflexiona sobre por qué afirmamos con tanta alegría que una situación es "estúpida" pero muy raras veces concebimos una situación como "inteligente". Por ello, tiene un rasgo completamente práctico. "La principal razón por la que la estupidez no es definible es que ella misma no constituye un objeto como tal", asegura. "Más que la estupidez, lo que encontramos son situaciones o actuaciones de personas que calificamos de estúpidas, y además lo hacemos de un modo casi inmediato, siendo difícil encontrar en todas ellas un rasgo común. En general, está muy relacionada con el contexto, y la actuación que en un contexto podría ser considerada inteligente, en otro, literalmente igual, resultaría estúpida. Y esto nos hace ver que la estupidez no es lo contrario de la inteligencia, ni tampoco la ausencia de ella".

 ¿De qué depende caer de lleno en la estupidez a pesar de atesorar mucha inteligencia? Gómez Ramos da en el clavo cuando afirma que ambas cualidades están muy relacionadas, tanto es así que "el riesgo de comportarse como un estúpido tiene mucho que ver con el modo de administrar la relación de uno mismo con su propia inteligencia". Y a continuación cita a Robert Musil, quien es uno de los pocos que se han dedicado a reflexionar sobre la estupidez de manera sosegada: "Es estúpido hacer gala de inteligencia y no es inteligente ganarse fama de estúpido".

Por otro lado, hay algo que contradice la visión de Musil, que es el hecho de hacerse el estúpido desde un punto de vista utilitario. En ocasiones, la estupidez denota inteligencia, todo depende del contexto, como reconoce Gómez Ramos. Y más aún cuando entran las emociones subjetivas en juego, las cuales destierran por completo cualquier signo de racionalidad en pos de un comportamiento errático que se repite y que no se quiere remediar. Esto lo podríamos ejemplificar con una pareja a la que visiblemente le va mal, pero se niega a aceptarlo. Ambos saben que necesitan hacerse los tontos para que su relación continúe, y en último término es la misma estupidez la que sostiene su unión. La voz de la conciencia y la más fría racionalidad les pide que huyan, pero, por temor a tomar una decisión equivocada o porque después de tanto tiempo realmente se quieren, siguen juntos.

 Lo mismo sucede con las metas inalcanzables con las que podemos soñar en algún punto de nuestra vida. Sería más estúpido perseguir una idea que sabemos que no existe, como inteligente saber dirigirnos hacia ella para conseguir algo distinto a lo idealizado, pero que nos sirva a modo de consolación. ¿Es un imbécil aquel que tiene un sueño inalcanzable que en el fondo de su conciencia sabe que nunca logrará y a pesar de todo permanece en la carrera por conseguirlo? Nuestro lado más emocional presenta esta debilidad, que nos lleva a cometer actos estúpidos, al igual que el lado más maniático de nuestra personalidad. Las adicciones, por ejemplo, al tabaco o al juego están definidas por actos estúpidos reiterativos de los que se pretende huir con inteligencia y conocimiento; por ello, por negarnos a ser inteligentes, cedemos una y otra vez a la sinrazón que nos hace permanecer en dichos hábitos perjudiciales.

Entendiendo a los idiotas
Habría que reparar en la cantidad de sinónimos despreciativos que existen del término estúpido en nuestra lengua: desde el más formal idiota a palabras tan soeces como gilipollas. De hecho, idiota era el vocablo que usaban los griegos para referirse a alguien que no tiene más visión que lo suyo propio, es decir, que está cegado por su ego. Idio, lo propio de uno, aparece como una limitación de su racionalidad, pues describe a esa persona que no es capaz de tomar distintos puntos de vista al suyo para dar forma a un argumento. "Aquel para el que el propio yo es el único ojo de la cerradura por el que se puede mirar a ese rico salón que llamamos el mundo", asegura Musil. "La estupidez será aquel estado mental en que el individuo se considera a sí mismo y la relación consigo mismo como único criterio de verdad y valor, y que juzga todo a partir de sí mismo".

 No pocos son los ejemplos de políticos y líderes de masas que se vanaglorian de sus estupideces y que a pesar de ello son aplaudidos

 Esta es una gran definición de la estupidez que además es bastante aplicable a nuestra experiencia cotidiana. Al fin y al cabo, uno de los principales requisitos para que exista la racionalidad, el atributo necesario para ser inteligente, es pretender ser objetivo y huir de la subjetividad, la cual siempre tiende trampas a la razón. Y ser objetivo implica relacionar todos los puntos de vista posibles, no quedarse solo con el que se siente como verdadero, el propio. De ahí que los idiotas sean sumamente aprovechables para el beneficio personal en cualquier tipo de circunstancia, ya que viven encerrados en una cosmovisión del mundo que cae en el sesgo de confirmación constante: antes que someter a juicio una perspectiva distinta a la suya, caen en sus propias trampas dialécticas una y otra vez sin darse cuenta ni querer ponerles remedio.

 De ahí que haya personas muy inteligentes que comandan hordas de estúpidos gracias a su útil maniobra de, paradójicamente, hacerse los estúpidos o al menos hacer ver a los demás que son tan estúpidos como ellos. No pocos son los ejemplos de políticos y líderes de masas que se vanaglorian de sus estupideces y que a pesar de ello son aplaudidos por otros tantos estúpidos. La inteligencia, por tanto, se esgrimiría aquí como una cualidad que deriva en poseer un buen sentido crítico para saber diferenciar por uno mismo lo verdadero de lo falso, atendiendo a los máximos puntos de vista posibles. Esta sería otra delimitación del comportamiento estúpido respecto del errático: es más estúpido quien no se da cuenta de que está equivocado y sigue razonando mal que aquel que simplemente obtiene un error de cálculo o carece del sentido común suficiente y, entonces, falla en su razonamiento.

Ser inteligentemente estúpido
Sea como sea, todos en algún momento de nuestra vida resultamos unos imbéciles para nosotros mismos y para los demás. Y no por ello eso nos resta inteligencia. Como decía Musil o Gómez Ramos, todo depende del contexto, y a veces merece más la pena hacerse el tonto para salir de situaciones difíciles que creer que se tiene el control y luego meter la pata. Es de sabios reconocer la ignorancia, más que hacer como que no existiera o intentar huir de ella constantemente. En un mundo en el que existen tantas voces contrapuestas que solo atienden a sus propios argumentos salidos de su propio sesgo de conformación, merece la pena callarse por una vez, guardar silencio y admitir una falta de conocimiento, nuestra propia estupidez.

Con información de El Confidencial

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