¿Quién paga la cuenta en una cita feminista?. OPINIÓN

General 23 de febrero de 2022 Por Editor
¿Por qué aceptás que el señor te pague la cita si sos tan feminista? Porque gano 20% menos que él y trabajo 50% más. ¿Siguiente pregunta?. Por Agustina Petrella

Últimamente escucho mucho este tipo de cuestionamientos y me divierte con la tensión que se resalta la palabra feminista anteponiendo el “tan”. Pareciera que, quienes permanentemente cuestionan nuestro movimiento, también se atribuyen la potestad de calificar el grado de feminismo que portamos. Si somos muy, medio o solo un poco feministas, en base a nuestra forma de vivir. Hay una suerte de compulsión al desafío, a encontrar el error, el defecto, la falla entre el discurso y la acción. Y no me sorprende, pues eso hace exactamente el patriarcado. Ni más ni menos que inventarnos defectos para marcar el camino de cómo podemos y debemos vivir las mujeres.

En el caso de las citas, además, podemos sumar a la lista de acciones cuestionadas el hecho de que nos pasen a buscar o nos acompañen hasta la puerta de casa. Una costumbre, sin dudas, de origen machista. Quiero igualdad, no necesito que paguen, ni que me lleven, ni que me cuiden porque puedo cuidarme sola… Es un lindo discurso pero, lamentablemente, todavía es una utopía y no tiene q ver con nuestro potencial de autonomía sino con la realidad en la que vivimos. En este momento de la historia, estadísticamente hablando, no tenemos el poder de cuidarnos solas y menos de noche, pues una mujer es violada y/o asesinada cada 20 horas en Argentina, y muchas de ellas se encontraban en la calle y solas, al momento del ataque. Tampoco existe la paridad salarial en nuestra región. Es decir que, por ahora, las mujeres no estamos en igualdad de condiciones con un varón al momento de conocerlo, ni para pagar la cuenta, ni para trasladarnos por la ciudad.

 

Es llamativo que, a pesar de una realidad tan obvia y expuesta, todavía debamos explicar cuáles son los problemas de fondo en una sociedad patriarcal, por qué son dañinos para todos, y que van mucho más allá de ciertos formatos de comportamientos interpersonales. Pareciera que, por ser feministas, esperan que nos comportemos como si viviéramos en una realidad paralela en la que ya existe la igualdad que anhelamos.

De todos modos -y a pesar de mis críticas a las críticas- yo también me he cuestionado el hecho de aceptar (y ver con buenos ojos) estos comportamientos por parte del varón, pero finalmente siempre llego a la misma conclusión: si el costo de sus privilegios es pagarnos la cita y acompañarnos a casa, le salen baratísimos... Tal vez, cuando vivamos en igualdad de condiciones, podremos replantearnos esta parte de la cultura. O tal vez no lo hagamos, porque no alcanzarían mil años para recuperar el dinero, el tiempo, la salud, en definitiva, las vidas, que hemos perdido las mujeres, a lo largo de la historia.

Hay que negar totalmente la realidad en la que vivimos y no entender nada de lo que busca el movimiento feminista, para cuestionarnos y criticar ciertas formas de relacionarnos con el sexo opuesto. Tendríamos que ser muy, pero MUY estúpidas las mujeres heterosexuales para cambiar las formas antes que el fondo, cuando de relaciones se trata.

Vivimos una realidad en la que, por el solo hecho de haber nacido mujer, encajar en la sociedad nos requiere más tiempo, más sacrificio y más dinero que si hubiéramos nacido varón. Desde lo más obvio hasta lo más profundo, una mujer a la hora de salir con un varón necesita invertir mucho más que él, no solo en prepararse para ese momento, sino desde mucho antes.

Las mujeres invertimos tiempo y dinero en cuidarnos la piel con productos de belleza, compramos maquillajes para decorarnos la cara, esmaltes de uñas para adornar nuestras manos, nos depilamos para mantener un aspecto infantil a la hora de mostrar nuestro cuerpo, usamos variedad de ropa para mantener nuestro status, etc.

Podrán decir “conozco un varón que se depila” o “conozco una mujer que no se maquilla” y sí, excepciones hay en todas partes, pero mientras sean excepciones, no cambiarán nuestra cultura. También podrán decir que nadie nos obliga a cumplir con estos mandatos, pero somos seres sociales, y no encajar con los estándares de una sociedad implica ser rechazadas, no solo en el ámbito afectivo sino también en el laboral. Es decir que, romper estos mandatos, tiene un costo emocional y económico altísimo, y desde mi punto de vista, ya venimos pagando un alto precio por haber nacido mujeres. Lo único que falta es que a eso debamos sumarle un costo extra por ser feministas.

La realidad indica que las mujeres todavía no somos realmente libres para elegir en que invertir nuestro tiempo y nuestro dinero, entonces ¿Con qué derecho se nos cuestiona si nos dejamos invitar una cena o si miramos con buenos ojos que nos acompañen hasta nuestra casa? Todavía no se cumplen (ni están instalados culturalmente) ninguno de los derechos que nos permitirían vivir en igualdad de condiciones. No hay paridad de género en los salarios ni en los cargos jerárquicos, no hay licencias coherentes en relación a los derechos de gestar, parir y lactar saludablemente, no hay educación efectiva para aprender a relacionarnos desde la igualdad entre los diferentes géneros, etc.

El costo de nacer mujer en una sociedad patriarcal es altísimo. Y no es solo un costo económico, es también un costo psíquico, físico y emocional. Aun así, se nos exige a las feministas comportarnos como si la igualdad de género ya existiera. ¿Por qué? Porque así es el patriarcado: si el precio de ser mujer te parecía alto, vas a aprender a no quejarte pagando aún más por ser feminista.

Entonces me vuelvo a preguntar ¿Debo rechazar que me paguen una cita para sostener mi feminismo? Por supuesto que no. Sabemos que el rol proteccionista del varón tiene un origen siniestro que es su posición de poder ante el género femenino pero, así y todo, en base a la triste realidad actual, sigue siendo un comportamiento lógico y amable. Estoy convencida que, cuando realmente vivamos en igualdad de condiciones, estas costumbres van a cambiar solas, sin necesidad de sacrificios.

Cada una y cada uno puede pensar y sentir como quiera, pero que nadie venga a decirnos que somos menos feministas, no solo por aceptar, sino también por esperar que un varón tenga estos comportamientos patriarcales durante una cita. Desde mi punto de vista, que un señor que no te acompañe hasta tu casa o no te pague la cuenta, solo puede indicar dos cosas, y ambas son negativas: o no le importás como persona, o no tiene la menor conciencia de la realidad sociocultural en la que vive.

Así que ya saben mis queridas amigas feministas, si las cuestionan con estos temas alguna vez, les dejo aquí los argumentos para abrir un lindo debate. Y si la pregunta viene del señor durante la cita (todo puede ocurrir, se los aseguro) les sugiero elegir el vino más caro, doble postre, y a propiciarle un intenso discurso. Así ustedes se ahorraran futuras explicaciones y él, seguramente, aprenderá a no hacer comentarios desafortunados que le terminen costando el doble de lo que pretendía ahorrar.

*Comunicadora y guionista. Referente en materia de parto y nacimiento respetados en Argentina, feminismo y maternidad. Madre de dos.

Fuente: Infobae

Editor

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