La historia que te cuentas sobre tu vida influye así en tus emociones

¿Qué tipo de protagonista necesito ser para alcanzar mi final feliz, mi final de cuento?
25/01/2022Jóvenes Líderes NewsJóvenes Líderes News

Las historias, en cualquiera de sus formas, tienen un grandísimo poder. Para darnos cuenta de ello solo es necesario ver a los más pequeños y sus reacciones ante las historias bien narradas. Esos ojos de par en par, esa boca abierta, esa atención plena, ese sufrimiento por lo que le sucederá o no al protagonista, ese discurrir del tiempo hacia un final, esperemos, feliz.

Pero el poder de las historias no acaba en los cuentos, podríamos decir que empieza allí, que cada uno de nosotros, ya en la infancia, empezamos a entender el mundo a través de las historias. Ahí está su secreto. Somos historias. Estamos hechos de ellas. Esto significa que, cuando recordamos el pasado, nos lo contamos en forma de historia.

El presente (quién estamos siendo hoy, aquí y ahora), también nos lo contamos en forma de historia y, lo más importante, nos proyectamos al futuro en forma de historia. Entonces, si esto es así, podemos usar las técnicas de aquellos que saben construir una historia que funciona para hacer funcionar nuestra propia historia. ¿Qué debe pasar para que pueda acercarme al final que deseo?

¿Estoy en la introducción de esta historia (por ejemplo, encontrar un nuevo empleo, mejorar mi relación de pareja o desarrollar mi parte artística) o estoy enredado en un nudo gordiano? ¿Se ha terminado ya esta historia y no soy capaz de abandonarla y seguir adelante? ¿Qué tipo de protagonista necesito ser para alcanzar mi final feliz, mi final de cuento?

Este es el secreto de las historias, aunque, obviamente, nos podemos preguntar… ¿por qué esto es así? Bien, hemos hablado del secreto, pero aún no del poder y hemos empezado asegurando que las historias tienen un grandísimo poder. ¿Cuál es? Que nos conectan emocionalmente.

Con los demás, con nosotros mismos, con el futuro, con la vida. El poder de las historias es un poder emocional y eso es, sí, muy poderoso. Volvamos a ese niño, a esa niña, que tan atento o atenta está escuchando el cuento que contamos. ¿Qué ocurre en su cabeza, en su corazón, en los más profundo de su ser? Que conecta emocionalmente. Da igual que sepa que eso de la caperucita y el lobo no ha pasado nunca y que nunca pasará en la vida real. Eso no le importa. Lo que sí importa es que siente miedo, angustia, suspense… esperanza y alegría cuando el cuento acaba bien. Y ese ramillete de emociones le hace entender, entenderse, manejar situaciones complicadas en un marco de seguridad que, en este caso, es la propia ficción. Es así como crece y se prepara para entrar en el mundo.

 
Decía Vargas Llosa que la literatura es una gran mentira que cuenta una gran verdad. Eso es así y más… Porque esa verdad no es patrimonio exclusivo de la literatura sino de todas las historias, incluso aquellas que nos contamos a nosotros mismos. Aquí hay un importantísimo punto, ya que todo esto no vale solamente para las caperucitas y los lobos, vale para las historias que nos contamos a nosotros mismos. Recuperemos eso de que nos contamos el pasado, el presente y el futuro en forma de historia. Aquí no hay, propiamente, ficción. Pero hay narración y, por tanto, hay conexión emocional. Veamos un ejemplo: Ayer fui a cenar y el servicio fue un desastre. Desconozco la razón, pero el camarero que nos atendió, desde el primer momento, parecía que nos tuviera manía. Así fue durante toda la noche. ¡Hasta me tiró la copa de vino por encima! Un desastre de velada. No volveré a ese sitio. ¡Será posible! ¿Qué le habré hecho a aquel tipo para que me trate de este modo?

«Puedo contarme el pasado de una manera o de otra y dependiendo de qué elija conectaré con unas emociones o con otras»

Paremos aquí. ¿Qué está sucediendo? Fácil. Si me cuento este acontecimiento de esta manera, automáticamente conecto con la emoción del enfado, la rabia… puede que acabe en la ira. ¡Cómo no, si me he sentido injustamente tratado! Pero esto es así porque me lo cuento así. Puedo (tengo el poder) de contármelo de otra manera, por ejemplo, que ayer fui a cenar y que el camarero, el pobre, estaba muy nervioso. ¿Sería su primer día de trabajo? ¿Le habría recordado yo a algún amigo de su adolescencia con quien tiene algún asunto pendiente y no se atrevió a preguntarme? ¿Será un testigo protegido que está de camarero como tapadera y por eso estuvo tan desafortunado toda la noche? Lo que sea, pero me lo explico de otra manera y al hacerlo conecto con otras emociones, como puede ser la compasión, o la empatía o hasta la intriga, por qué no, ya que si pienso que es un testigo protegido que está sirviendo en ese restaurante… ¿Se entiende la idea? Eso es. Puedo contarme el pasado de una manera o de otra y dependiendo de qué elija conectaré con unas emociones o con otras.

Si esto es importante para contarme (entender) el pasado, aun lo es más cuando me cuento el futuro, o sea, cuando me proyecto al porvenir. Imagínate que mañana tengo una presentación delante de un cliente y me cuento que, como me cuesta mucho hablar en público, lo haré mal, quedaré peor y, vaya, todo será un desastre. Si me proyecto así hacia el futuro, ¿cómo crees que me va a salir la presentación? ¿Con qué emociones crees que entraré a la sala de reuniones? Vergüenza, inseguridad, miedo… Así va a ser muy complicado que la cosa salga bien. En cambio, si, pongamos el caso, me cuento que mañana tengo una presentación y que, a pesar de que no soy el mejor orador del mundo, me he preparado y que, además, en todo caso, va a ser una buena oportunidad para aprender, para ir ganado en seguridad y confianza y que, con el tiempo, seguro que voy a mejorar mucho eso de presentar en público, la cosa cambiará, ¿verdad? Es más que posible que entre en esa sala de otra manera y, de esta manera (valga el juego de palabras), será muy distinto el resultado. Emociones diferentes, maneras diferentes de entrar a la realidad. No es casualidad. Y es que emoción viene del latín e-movere y podemos traducirlo como «desde donde nos movemos». Es decir que si estoy en la emoción del miedo entro a la realidad desde esa emoción. Por tanto, todo yo estaré rígido, preparado para escapar, al borde del sobresalto, vaya. En cambio, si entro a la realidad desde la emoción de la alegría, todo mi ser estará abierto al aquí y al ahora, brillante, seguro y con ganas de divertirme. Es por esta razón que debemos ser muy cuidadosos con aquello que nos contamos. Podemos llenar nuestro corazón de posibilidades o podemos intoxicar nuestros pensamientos con limitaciones. Ser conscientes de esta realidad es ser conscientes del gran poder que tienen las historias que nos contamos, que contamos a los demás, que explicamos, también, de los demás. Y ya se sabe (ya que hemos hablado de ficción, fantasía y verdades) que todo poder conlleva una gran responsabilidad. En este caso, esta responsabilidad se traduce en que somos responsables de creer, y crear, aquello que estamos contando. Incluso de que podemos ser más que responsables y convertirnos, simplemente, en los protagonistas de nuestra propia historia, esa que queremos que nos sea propia y propicia, porque ya que podemos contarnos nosotros mismos el cuento… pues que tenga un final feliz, ¿no crees?

Gabriel García de Oro.

Sobre el autor

Gabriel García de Oro es licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona y coach certificado por la International Coaching Federation. Ejerce como director creativo ejecutivo & strategy advisor en Ogilvy Barcelona, y compagina su profesión con su faceta de escritor de literatura infantil y juvenil, así como libros de no-ficción. Su pasión por la escritura y las historias le ha llevado a ser cofundador de Fantástica Storytelling School, la primera escuela dedicada a la formación integral de storytelling orientada a la transformación de personas y negocios. Además, colabora en talleres y seminarios acerca de creatividad y narrativa en distintas universidades y escuelas de negocios.

Acaba de publicar nuevo libro ' Taller de StoryCoaching. El poder de las historias al servicio del crecimiento personal' (RBA, 2021).

Fuente: ABC

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