La cruel masacre de gorriones que ordenó Mao y provocó la muerte por hambre de 36 millones de chinos

El “Gran Salto Adelante” que ordenó Mao Zedong produjo un terrible retroceso en la China comunista a finales de la década del ‘50. Una de las iniciativas fue “La campaña de las cuatro plagas”, que movilizó al pueblo en la matanza de gorriones. La falta de un depredador de insectos, sumada a otras políticas equivocadas, fue la causa de una de las peores hambrunas que recuerda la humanidad. Por Hugo Martin

General 02/08/2023 Editor Editor

Los gorriones -digamos todo-, no son las aves más lindas de la creación. Ni cantan como los jilgueros, ni lucen un plumaje llamativo como los canarios o los cardenales. Pero tampoco son una implacable amenaza contra la humanidad. Eso pensó, en 1958, Mao Zedong, el líder chino, cuando lanzó su “Campaña de las cuatro plagas”. En rigor, los vistió de ideología. “Son enemigos de la revolución”, le dijo a su pueblo antes de enviarlos a una insólita guerra contra estos pequeños pájaros, que compartieron su triste destino con los sí abyectos y dañinos ratas, las moscas y los mosquitos.

 
Fue una iniciativa audaz. Inconsulta. Propia de un dictador, que no escucha a los que advierten que el choque es inevitable, pero es todo oídos para quienes lo halagan. En 1958, Mao -a quien antes de se lo conocía como Mao Tsé Tung-, decidió imponer la política que llamó “El Salto Adelante”. Al cabo, lo que produjo fue una vuelta carnero hacia atrás. Luego de apoderarse del gobierno chino en 1949 al vencer a su rival, el lider nacionalista Chiang Kai-shek, el primer lustro de la década del ‘50 encontró a Mao bajo el ala de la Unión Soviética, en especial de Stalin. En esa época colectivizó la tierra, se empeñó en la producción de alimentos, creó comunas y llevó a cabo sangrientas purgas contra sus adversarios políticos, que se refugiaron en Taiwán. A diferencia de la Unión Soviética y su KGB -ubicada en un edificio de solo seis plantas, pero del que se dice es el más alto de esa nación porque “desde allí se ve todo”- , instruyó a cada chino para ser el comisario de sus vecinos. No necesitó Siberia: cada pueblo era un pequeño gulag. Al cabo de unos años, Mao percibió que la industrialización de China iba a la zaga de la Unión Soviética. La producción de acero marcaba el suceso de los países. Y planificó -es una forma de decir- que en 15 años, superaría a Gran Bretaña en ese aspecto.

El primer paso del “Salto Adelante” fue un plan para controlar el agua. Esto llevó a la construcción de numerosas represas que resultaron totalmente inadecuadas. Según el historiador holandés Frank Dikötter en su libro La gran hambruna en la China de Mao, en el año 1960, 235 de las que levantaron no soportaron la presión del agua y estallaron. En un recuento hecho en las regiones de Henan, Banqiao Shimatan hacia 1980, 2976 de los diques construidos entre 1957 y 1959 se habían roto.

Pero Mao creía, e insistía, que la voluntad humana podía sortear cualquier obstáculo. Eso llevó a un caos total. Para producir más acero, los chinos llegaron a construir altos hornos en los patios de sus casas, donde fundían desde ollas y cucharas hasta herramientas para labrar la tierra. La cuota que debían entregar era muy alta. Millones dejaron los campos y se arracimaron en las ciudades. Por supuesto, el producto de esas improvisadas acerías era de bajísima calidad, y las maquinarias construidas se rompían a poco de funcionar. Como consecuencia, la agricultura fue dejada de lado a gran escala y aunque durante el primer año no se sintió, la producción de granos mermó en forma alarmante. Para empeorar la situación, como los comisionados de las comunas enviaban cifras falsas e infladas de producción de granos al poder central, lo que les quedaba a los campesinos luego de enviar sus cosechas era insuficiente para alimentarse. Claro: todavía faltaba tiempo para que eso hiciera eclosión.

Entonces, a Mao se le ocurrió una idea descabellada. Inició la llamada Campaña de las cuatro plagas. Tres de ellas como consecuencias de la necesidad de mejorar la salud de los chinos, expuestos a la malaria, la fiebre tifoidea y la peste. Para ello, debían exterminar a las moscas, las ratas y los mosquitos. La cuarta plaga, los gorriones, no tenía que ver con eso. Mao pensó que la culpa de la falta de alimentos era que alguna criatura se comía los granos, o sus semillas. Para eso se rodeó de obsecuentes que hicieron un cálculo delirante: un gorrión comía alrededor de cuatro kilos y medio de granos anuales. Y, si mataban a un millón, lograrían el ahorro suficiente de grano para 60 mil personas.

Como un general arengando a su ejército ante un temible enemigo, Mao le dijo a su pueblo: “los gorriones son una de las peores plagas, son enemigos de la revolución, se comen nuestras cosechas, mátenlos. Ningún guerrero se retirará hasta erradicarlos, tenemos que perseverar con la tenacidad del revolucionario”. Se hizo una profusa campaña publicitaria, que mostraba a los cuatro jinetes del apocalipsis chinos atravesados por una espada. Por supuesto, para que toda una nación adscribiera a tamañas aberraciones, se impuso una política de terror. Cualquiera que alzara una voz discordante era torturado o, directamente, eliminado.


Distintas ilustraciones sobre el combate de los chinos contra los gorriones

Entonces comenzó una masacre de aves sin precedentes. En un solo momento, millones de chinos se hicieron un puño y salieron a exterminar gorriones. Destrozaban sus nidos, rompían sus huevos, les disparaban, los cazaban con gomeras. En un sólo día, en Nanking, se gastaron 300 mil kilogramos de pólvora y no precisamente en chimangos. Se usó veneno, que de paso exterminó otras aves y animales que no habían sido puestos bajo la picota del gobierno. No pocas personas murieron o fueron heridas al caerse de árboles o techos, o ser alcanzados por alguna bala. Pero el método más efectivo y más barato resultó salir a hacer ruido. Para ayudar a semejante batifondo se construyeron alrededor de 80 mil espantapájaros y unas 100 mil banderas rojas. Golpeando tachos o sartenes, o gritando como poseídos, los chinos espantaban a las aves. Y como volar requiere un gran esfuerzo, los gorriones no podían descansar y caían desplomados desde el aire, y por miles. Hubo situaciones grotescas, como el sitio a la embajada de Polonia en Pekín, porque se negaron a que la gente entrara a los jardines para matar a las pobres aves que se habían refugiado allí. Rodearon la sede diplomática haciendo sonar tambores hasta que en dos días, los polacos se vieron sacando a paladas los cadáveres de los gorriones.

La lucha contra moscas, mosquitos y ratas fue un fracaso. Pero contra los gorriones, un lamentable éxito. Según cuenta Dikötter, el gobierno lanzó una estadística absurda sobre el resultado de la guerra, donde daban cuenta del exterminio de 48.695,49 kilos de moscas, 940.486 ratas, 1213,05 kilos de moscas y 1.367.440 gorriones. Las pequeñas aves llegaron casi hasta la extinción.

Como toda acción humana tiene consecuencias, los chinos pagaron muy caro el desatino de su líder. El equilibrio natural siempre es más sabio. Mao se dio cuenta demasiado tarde. Hacia 1960 ordenó que se terminara con la sentencia a muerte para el gorrión y en su lugar puso a las chinches como la presa a cazar. Lo que sucedió es que algunos valientes le advirtieron al líder que los gorriones no sólo comían grano, sino que principalmente se alimentaban de insectos. Y sin ese depredador natural, se multiplicaron sin control las langostas y saltamontes, por ejemplo, que formaron las verdaderas plagas que aniquilaron los cultivos. Al desatino humano se sumó una feroz sequía -a causa, entre otros factores, del desastre de las represas- que asoló al país en 1960. La combinación de ambos flagelos fue trágica: comenzó un período que, como reza el título del libro de Dittökker, se llamó “La gran hambruna”.

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La gran hambruna china por la pésima política de Mao le costó la vida a 36 millones de chinos, aunque algunos arriesgan que murieron diez millones más

Dice el investigador holandés: “El principal desastre tenía lugar antes de las cosechas, porque nubes de langostas oscurecían el cielo, cubrían los campos bajo un agitado manto y devoraban los cultivos. En verano de 1961 aprovecharon la sequía en Hubei e infestaron 13.000 hectáreas sólo en la región de Xiaogan. Devastaron más de 50.000 hectáreas en la región de Jingzhou. Un 15% del arroz producido en la provincia fue víctima de los voraces insectos. La devastación no tenía límites: en la región de Yichang se perdió más de la mitad del algodón. En otoño de 1960, un 60% de los campos en torno a Nanjing —uno de los lugares donde la campaña contra los gorriones había sido especialmente feroz— padecieron las devastaciones provocadas por los insectos y hubo que hacer frente a una grave escasez de verduras. Toda suerte de especies dañinas medraban: en la provincia de Zhejiang, los pirálidos (Nota: una especie de mariposa), los saltamontes, los gusanos rosados de los algodoneros y las arañas rojas, entre otras plagas, destruyeron entre 500.000 y 750.000 toneladas de cereales —aproximadamente el 10% de la cosecha— en 1960. No podían tomarse medidas preventivas por falta de insecticida: los productos químicos se habían malgastado en el asalto contra la naturaleza de 1958-1959, y en 1960 la escasez de todo tipo de productos afectó también a los insecticidas, precisamente cuando éstos eran más necesarios”.

Lo peor, el hambre, llegó como un vendaval inesperado. Y a continuación, el horror más primario. Zhou Xun, un investigador chino, recopiló en su libro La gran hambruna en China 121 documentos de aquellos años, donde se describen métodos de supervivencia de los campesinos, y se menciona que comían cortezas de árboles, pasto, tierra y carbón. También menciona a la venta de niños y a la prostitución a cambio de alimentos. Pero, dice, el canibalismo fue la más extrema de las tácticas de supervivencia. Y menciona que en el municipio de Gansu, en marzo de 1961, se registraron 41 casos.

El resultado más riguroso de la hambruna lo calculó un periodista chino Jisheng Yang, quien afirmó que los muertos fueron 36 millones y que entre otras consecuencias, 40 millones de chinos no nacieron en los cuatro años que van entre 1958 y 1962. Entre los espantos que describe Yang está el siguiente: “En la pequeña ciudad de Linxia, 588 personas ingirieron 335 cadáveres; en Hongtai, 170 personas comieron 125, cinco de ellos asesinados con este fin. Hubo casos en que unos padres devoraron a sus hijos, maridos a sus mujeres, hermanos a sus hermanas...”. Pero además, Yang plantea con estupor que en los almacenes controlados por el Partido Comunista aún “quedaban reservas de 6.545.000 toneladas de cereales” que no fueron repartidos entre la gente. Esto dio pie a diferentes análisis sobre el rol de Mao: hacer oídos sordos a las muertes por hambre con tal de no interrumpir la entrega de granos a la Unión Soviética para pagar deudas.

El escritor chino Mo Yan, Premio Nobel de Literatura 2012, fue uno de los niños que soportó aquellos años donde el hambre laceraba los cuerpos. En el prefacio de su libro Shifu, haría cualquier cosa para divertirte, se describe a sí mismo: “Cuando éramos pequeños éramos puros sacos de huesos: unos palillos con tripas grandes y redondas, y la piel tan tersa que era casi transparente; prácticamente podías ver al otro lado nuestros intestinos enrollados y retorcidos. Nuestros cuellos eran tan largos y delgados que era un milagro que pudieran soportar el peso de nuestras cabezas”. Y continúa: “Lo que nos carcomía por dentro era lo más sencillo del mundo: todo en lo que pensábamos siempre era en comida y en cómo conseguirla”.

En sus obras, las referencias a hechos reales son frecuentes. Por ejemplo, en su libro Rana habla sobre la costumbre de comer carbón, que adoptó, según narra, en 1961: “Chen Bi tomó otro trozo y empezó a comer más rápido. Entonces le pasó a Wang Dan un pedazo muy grande. Nos tocaba a nosotros probar. Después de verlos a ellos, ya habíamos aprendido a comer carbón, así que lo rompimos y mordisqueamos un poquito para averiguar su sabor. No estaba mal, aunque era un poco áspero. Chen Bin nos señaló un trozo de carbón que tenía una parte amarillenta y brillante, parecía ámbar, y al mismo tiempo nos invitó a probarlo con generosidad”.

El propio Dikötter enumera, en esta terrible secuencia, que un campesino de Shandong llamado Wu Jingxi, vendió a su hijo de nueve años por el precio de 5 yuanes para comprar un plato de arroz y dos kilos de maníes.


Mao Zedong (Photo by Apic/Getty Images)

Según cuenta Zhou Xun, Mao recibió un informe en octubre de 1960 sobre el llamado “Incidente de Xinyang”, donde las muertes por hambre y la violencia que derivó de ésta representaron el 14% de la población y alcanzaron a más de un millón de personas. Su respuesta, según el autor, fue culpar del fracaso del Salto hacia adelante a los funcionarios de menor jerarquía, acusándolos de “enemigos de clase”. El desastre fue de tal magnitud que el líder de Corea del Norte Kim Il Sung, abuelo del actual dictador Kim Jong-Un, iba a copiar el modelo de Mao, pero dio marcha atrás con la iniciativa al ver los resultados.

Para paliar en parte los desastres causados, China le compró a la Unión Soviética, en el mayor de los sigilos, unos 200 mil gorriones. Desde el año 2001, el ave es una especie protegida en el gigante asiático.

A pesar del desastre que causó, Mao Zedong continuó siendo la figura más poderosa de China. En la historiografía oficial, ese período es nombrado apenas como “tres malos años”. Apartado de las decisiones en la economía del país por Deng Xiaoping, Liu Shaoqi y Zhou Enlai, retuvo un puesto clave, el de presidente del Partido Comunista. Desde esa posición, en 1966, lanzó la Revolución Cultural, que dinamitó las incipientes aperturas comerciales de sus adversarios políticos y envió a prisión y a la muerte a numerosos opositores hasta su muerte en 1976. Recién en la década del ‘90 se comenzaron a abrir los archivos del período que siguió al Gran Salto Adelante. Y el horror, a cuentagotas, comenzó a surgir.

Infobae

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