La persona que hay detrás de RoboCop: ¿somos solo cerebro?

General 24 de julio de 2021 Por Editor
Cuando la realidad supera a la ciencia ficción, ¿dónde queda nuestra identidad? El famoso policía transformado en RoboCop nos da pistas de dónde buscarla.

En la novela El maravilloso mago de Oz, de L. Frank Baum, la protagonista Dorothy aprende que, por un hechizo malévolo, un leñador llamado Nick Chopper sufrió la amputación de sus extremidades, una a una, por su propia hacha. Un herrero le fabricó extremidades nuevas y después una cabeza y un torso. Se convirtió así en el Hombre de hojalata, que conservaba la conciencia del leñador que fue pero había perdido el corazón.

Es clara la alusión a la paradoja de Teseo, que habla de un barco cuyas tablas de madera se van reemplazando una a una por tablas nuevas hasta que no queda ninguna de las tablas originales. ¿Sigue siendo el mismo barco? Baum no toma posiciones en este debate: el Hombre de hojalata mantiene la conciencia de Nick Chopper, pero pierde algo tan importante como la cuna simbólica de sus sentimientos.

El cerebro es clave
Aunque la paradoja de Teseo pueda parecer un simple problema filosófico sin consecuencias más allá de la ficción, lo cierto es que encontramos ecos del famoso barco en otras muchas situaciones de la vida cotidiana. Parece evidente que una prótesis que sustituye a una extremidad no pone en jaque nuestra identidad, ni tampoco un trasplante de un órgano. Pero ¿cuántos órganos o extremidades podemos sustituir para seguir siendo la misma persona? ¿Son algunos más importantes que otros?

Los guionistas de RoboCop parecen tener clara la respuesta: la clave está en el cerebro. RoboCop es un robot construido a partir de los restos mortales del policía Alex Murphy. Este sigue un camino parecido a Nick Chopper: pierde una a una sus extremidades (esta vez después de un largo y sangriento tiroteo) y acaba muriendo. Después, la corporación que rige el Departamento de Policía de Detroit consigue recuperar lo que queda de la cara de Murphy y algunas partes de su telencéfalo y su cerebelo (dos de las partes más importantes del cerebro, cognitivamente hablando). Instalan estas partes en un cuerpo cibernético y consiguen resucitar al policía como RoboCop. Para que no quepa duda de que no se trata simplemente de un nuevo personaje, no falta la analogía con la crucifixión de Cristo (la muerte cruenta de Murphy) y su posterior resurrección.

El cerebro se convierte así en el lugar donde reside la identidad de Murphy-RoboCop, y la cara, el modo de hacerla reconocible. El resto del cuerpo puede cambiar, pero con tal de mantener esas partes, la persona es la misma. De hecho, el Hombre de hojalata también mantiene la “conciencia” de Nick Cooper. ¿Paradoja resuelta? No tan rápido: algún significado tiene que tener el hecho de que ambos personajes cambien de nombre.

En todo caso, la renovación del cuerpo humano es algo muy natural: nuestras células mueren y se reemplazan por otras nuevas continuamente. Su esperanza de vida depende del tipo de célula: las de la piel no viven más de tres semanas, los glóbulos rojos alcanzan cuatro meses y las células del hígado, entre diez y 17. Precisamente las neuronas (las células del cerebro) son las más longevas: la mayoría de ellas viven lo mismo que la persona en la que habitan.

Por eso podemos decir que un trasplante de hígado no compromete nuestra identidad: incluso sin trasplante, el hígado antiguo no iba a tardar más de un año y medio en renovarse por completo. Siguiendo el mismo razonamiento, si el cerebro con el que nacemos nos dura toda la vida, tiene sentido pensar que es ahí donde reside nuestra identidad: al fin y al cabo, las personas no somos barcos de Teseo. Y si Nick Cooper y Alex Murphy cambian de nombre, podemos pensar que es porque sus nuevos cuerpos son totalmente artificiales.

Materia o descripción
La ciencia viene a rescatarnos de nuestras disquisiciones filosóficas: nuestra identidad personal está a salvo. ¿O no? Lo cierto es que la frontera entre lo natural y lo artificial es cada vez más difusa, y lo que ayer parecía ciencia ficción, hoy puede ser realidad. Hay perspectivas lo suficientemente verosímiles como para tener que considerar sus implicaciones filosóficas.

El filósofo Derek Parfit expone precisamente este problema en su libro Razones y personas. Parfit propone varios ejemplos que se antojan rebuscados, pero que nos ayudan a reconocer nuestra intuición sobre la identidad personal. Uno de estos ejemplos consiste en trasplantar el cerebro de un cuerpo destrozado a causa de un accidente a otro cuerpo en estado de muerte cerebral. A día de hoy, esta cirugía no es del todo imposible, si bien sería difícil conseguir que las conexiones entre el cerebro y el nuevo cuerpo funcionaran bien. Pero el cerebro probablemente pudiera comunicarse de manera rudimentaria utilizando resonancias magnéticas funcionales. Y, en un futuro, podría haber avances en cirugía que permitieran establecer las conexiones oportunas entre el cerebro y el cuerpo. Entonces, ¿quién es la nueva persona? Nuestra intuición muy probablemente nos diga que el cerebro manda.

Pero ¿son las células del cerebro lo que de verdad importa, o hay algo más profundo? Para cuestionarlo, Parfit nos expone a otro escenario: el teletransporte. Supongamos que me meto en una máquina que graba el estado de todas mis moléculas, desmenuzándome en átomos en el proceso, y manda esa información a Marte. Allí, otra máquina utiliza esa información para reconstruir mi cuerpo a partir del carbono, oxígeno, etc. que se encuentra en el planeta rojo. Los componentes de mi cerebro original no está en Marte, pero mis sensaciones y mi memoria sí. ¿Estoy yo en Marte? Si consideramos que sí, entonces lo determinante no son mis células: es su descripción lo que importa.

Esta conclusión es la que permea desde la ciencia más básica: en mecánica cuántica, la teleportación es una técnica bien establecida que consiste en trasladar el estado cuántico de una partícula un lugar lejano. Es decir, lo que viaja es su descripción, sin importar el soporte físico de la partícula en sí. De hecho, de manera más general, se considera que esta descripción es lo único que identifica a la partícula.

Teletransportar personas es, desde luego, mucho más complejo que teletransportar partículas una a una. Pero aunque a día de hoy no seamos barcos de Teseo, cabe imaginar que en un futuro lejano quizá podamos serlo, y nuestros componentes físicos sean reemplazables por otros. Combinando ciencia y filosofía, podemos aventurar que la identidad del barco de Teseo (o de las personas teletransportadas) no reside en sus tablas de madera: reside en su descripción.

QUE NO TE LA CUELEN:
Aunque las neuronas son las células más longevas de nuestro cuerpo, en ciertas ocasiones sí pueden morir. En la enfermedad del Parkinson, mueren algunas de las neuronas que se encuentran en la zona del cerebro que controla el movimiento. Algo parecido sucede con el Alzheimer y la zona del cerebro que controla la memoria. Un infarto o un golpe fuerte al cerebro también puede causar la muerte de ciertas neuronas.

Fuente: La Razón. es Por PATRICIA CONTRERAS TEJADA
 

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