"Un sacerdote me violó y me obligó a abortar": la doble denuncia en uno de los mayores escándalos de pederastia de Colombia

Una mujer de 32 años relató el calvario que atravesó cuando tenía 14; “es la historia más dolorosa que he vivido y que ni siquiera mi familia conoce a profundidad”, aseguró

General 11/07/2023 Editor Editor

Me llamo Natalia, tengo 32 años y acabo de emprender el viaje más importante de mi vida. Volví a Medellín con mi pequeña hija, dos maletas y el firme propósito de romper mi silencio, de denunciar, de nuevo y por todos los medios posibles, al sacerdote que me violó y me obligó a abortar en 2004, cuando yo tenía 14 años.

Este es un viaje a mi pasado, a la historia más dolorosa que he vivido y que ni siquiera mi familia conoce a profundidad.

El 25 de agosto de 2022 estalló el mayor escándalo de abuso sexual a menores de edad en la Iglesia católica que haya golpeado a Medellín, y uno de los más recientes que se ha conocido en Colombia.

Ese día, el arzobispo de la ciudad, monseñor Ricardo Tobón Restrepo, publicó en redes sociales una lista con los nombres de 36 sacerdotes que habían sido denunciados ante la Arquidiócesis en los últimos 30 años.

La publicación se produjo luego de que, tras un proceso legal que duró dos años, la Corte Suprema de Justicia le diera la razón al periodista colombiano Juan Pablo Barrientos y le exigiera a la Iglesia entregar los datos por ser considerados de interés público. En la lista difundida por la Arquidiócesis se encuentra el nombre del sacerdote acusado por Natalia Restrepo.

 
Lo que sigue es su testimonio en primera persona, acompañado del contexto de su caso recogido por BBC Mundo.

1. LA CASA DE MI ABUELA

Aunque ya he vuelto a esta casa en la que crecí varias veces, ahora es diferente. Es la primera vez que regreso para intentar hablar con mi abuela de lo que me pasó. Ya tiene 90 años y aunque perdió su visión, su carácter sigue igual de fuerte.

Mi abuela ha sido mi mamá y mi papá, porque ellos no pudieron, o no quisieron, hacerse cargo de mí. Con mi papá nunca tuve una relación. Mi mamá, en cambio, enviaba dinero para mi manutención desde EE.UU., donde rehizo su vida y construyó otra familia.

Nunca me hizo falta nada material. Mi mamá me dio gusto en todo y siempre estuvo en contacto conmigo, pero jamás vivimos juntas. Por eso mi gran carencia en la vida, hasta hoy, ha sido afectiva. Es un vacío que, sin ser consciente, intenté llenar con la religión.

Mi abuela me llevaba a misa los sábados y los domingos, y durante la semana, si se podía y pasábamos por el parque, también había que entrar a la iglesia. Es algo que ella sigue haciendo sagradamente hasta hoy. Hablar de lo que me pasó no es fácil, pero he logrado hacerle un par de preguntas:

-Mami, ¿usted se acuerda de los sacerdotes?

-Sí, yo les tenía confianza porque como me hacían creer que cuidaban tanto de usted.

-¿Usted se acuerda que había un sacerdote que siempre la llamaba a pedirle permiso por mí?

-Sí, siempre. Yo le decía que con mucho cuidado.

II. Parroquia de Santa Gertrudis, La Magna

Todo comenzó en la parroquia que está en la plaza principal de Envigado. Es una iglesia grande, bonita. Me parece que los años no la han cambiado. Cuando era niña me gustaba ver a los niños y jóvenes que estaban en el altar ayudando al sacerdote durante la misa. Los admiraba con su túnica blanca y le decía a mi abuela que quería ser como ellos.

Tan pronto cumplí 11 años, la edad mínima requerida, me inscribí en el curso para convertirme en monaguilla (o acólita, como le decimos en Colombia). Un año después me consagré y empecé a asistir a los sacerdotes de la parroquia.

Envigado es un lugar muy católico y conservador, así que era como un orgullo para las familias que su hijo o hija estuviera en la iglesia, que participara en las eucaristías y en las procesiones de la Semana Santa. Yo también hacía parte de los grupos de infancia misionera, así que pasaba muchas horas ahí.

Fue en ese contexto que conocí a un seminarista que siempre iba a la misa de los domingos, se paraba en el altar y nos ponía a cantar y a aplaudir. Era carismático, conocido por su buena voz y por tocar la guitarra. Llamaba la atención porque las misas solían ser más aburridas, pero lo que él hacía era como chévere para los feligreses. Además, era exalumno del colegio Liceo Francisco Restrepo Molina, el mismo en el que yo estudié.

Hacia 2002, se ordenó como sacerdote y lo asignaron a esa misma parroquia Santa Gertrudis. Fue el mismo año en que yo empecé a ser acólita, así que compartía bastante con él. En ocasiones me pedía que lo ayudara con el computador o a hacer alguna cartelera.

Yo me sentía especial. Me creía importante porque mi letra era linda y los carteles quedaban bien bonitos. Él me hacía sentir tenida en cuenta. Con el tiempo empecé a volverme su preferida. Lo acompañaba a misas fuera de la parroquia o alguna unción a un enfermo. Íbamos en su auto y al regreso siempre me dejaba en mi casa.

III. El hotel

Un sábado después de la reunión del grupo juvenil, el padre me pidió que lo acompañara a una eucaristía en un club de un barrio de clase alta de Medellín, y de ahí me llevó a Sabaneta, un municipio cerca de Envigado, a una especie de restaurante al aire libre en el que vendían carne asada.

Estuvimos como una hora, comiendo y tomando algo. Luego nos subimos al auto, pero esta vez no me llevó a mi casa, sino a un hotel, que todavía existe.

—“Padre, por qué me trae acá'’, le pregunté.

— “Para que nos sirvamos algo y que no nos vean, porque igual un sacerdote bebiendo es feo”, me respondió.

Me quedé tranquila porque era común que él tomara trago. Además le tenía confianza. Lo conocía hace tiempo y nunca me había hecho nada. Me acuerdo que las habitaciones eran como cabañas con estacionamiento propio.

Se entraba al garaje por una puerta metálica, como de aluminio. En ese mismo espacio, estaba el cuarto con un baño. Él bebió mucho, se pasó de copas y comenzó a tratar de quitarme la ropa. Yo no entendía bien qué estaba pasando. Me sentía confundida.

Nunca había tenido clases de educación sexual y el sexo era un tabú con mi abuela.

—”Déjame darte unos besos. Quiero estar contigo. Yo siempre he estado enamorado de ti. Eres una mujer hermosa. Quiero que seas mía”. Me decía cosas así.

Yo le pedía que parara, pero no me hacía caso. Fue ahí cuando empecé a sentir mucho miedo. Comencé a golpear la puerta del garaje para que alguien me ayudara, pero él me decía que nadie me iba a escuchar, que la recepción estaba lejos de ahí.

Lo que siguió es el recuerdo más asqueroso que tengo: se quitó su pantalón, su camisa, me tiró a la cama, me abrió las piernas y me penetró a la fuerza. Esa imagen se me quedó grabada y creo que es el momento que me genera más odio.

Ahora que soy adulta entiendo que como estaba alicorado se demoró en conseguir el clímax, pero en ese momento no entendía nada, solo me pareció eterno. Yo gritaba porque me dolía. Era una adolescente y él me estaba quitando mi virginidad.

Cuando no sé cómo me logré zafar, me puse a llorar. Lloraba mucho, mucho, pero al él le daba igual. Me decía que yo era de él, que siempre iba a ser suya. No le conté a nadie lo que pasó porque en el fondo sabía que no me creerían.

En Medellín, cuando a alguien le pasa algo malo, se suele decir un refrán: “Ni que hubiera matado a un cura”. Y yo, que era una adolescente de 14 años, ¿cómo iba a enfrentarme a uno? ¿Quién me iba a creer que aquel hombre respetado en Envigado me había hecho algo tan terrible?

Una vez me metió a un cuarto y se comenzó a masturbar. Me decía que lo mirara. Quizás habría seguido con los abusos, pero pasó algo que lo cambió todo: dejé de tener la regla. Me había desarrollado dos años antes y tenía un periodo regular, así que sabía que no era normal.

Decidí contarle a una amiga, sin darle detalles de lo que me había ocurrido. Me sugirió que me hiciera un test de orina, pero el resultado no fue claro, así que salí a buscar un laboratorio para hacerme una prueba de sangre.

Iba caminando cuando me encontré con doña Lucía (cambio su nombre aquí por respeto a su intimidad), una catequista de la parroquia. Yo estaba nerviosa, pero le tenía confianza, así que le dije todo.

—”Pero mami”, ella me decía mami, “¿Cómo pudo haber pasado esto? Tú siempre has sido muy cercana a los sacerdotes… Yo sí pensé que quizás no era bueno que fueras tan cercana a ellos,” recuerdo que me dijo.

Me hice la prueba aquí mismo en Envigado. El resultado fue positivo.

V. Seguro social

IV. Casa cural

Cuando lo supe, fui a la parroquia y le dije al padre que necesitaba hablar con él. Me citó en un lugar donde vendían helados.

Allí le conté que estaba embarazada. Se enojó y me dijo que yo no le iba a dañar su vocación, que él recién estaba comenzando su vida sacerdotal.

— “¿Cómo no se la voy a dañar si estuvo conmigo? ¿Qué voy a hacer?”, le pregunté.

Me respondió que no me preocupara, que él lo iba a solucionar. Me llevó donde una señora en un barrio popular. Ellos primero conversaron y luego ella me hizo un tacto vaginal y le dijo que no podía hacer nada.

Me imagino que se refería a que era muy pronto, quizás, para meter un espéculo porque el feto era demasiado pequeño.

Entonces fuimos a una farmacia y en el mostrador vi cómo le pasó dinero al vendedor, que me entregó unas pastillas y me explicó cómo me las tenía que tomar. También me advirtió que me iba a dar un dolor fuerte.

El padre me dijo que con eso me llegaría la regla. Nunca habló de un aborto. Evadí el tema por varios días porque tenía miedo. Pero él me llamaba para presionarme. Me gritaba y me manipulaba mucho. Hasta que las usé.

En 2004 el aborto no era legal en Colombia y el Cytotec (un medicamento para la prevención y tratamiento de úlceras gastrointestinales) se popularizó como una opción clandestina para interrumpir el embarazo. Se conseguía en las farmacias sin fórmula médica.

En la madrugada comencé a expulsar coágulos de sangre. Fue muy fuerte. El dolor era horrible. Botaba mucha sangre y me paraba al baño seguido.

Un par de días después las molestias seguían y decidí ir a la clínica. Allí tuvieron que hacerme un legrado, una intervención para limpiar los residuos que aún quedaban en mi cuerpo tras el aborto.

Pero, no pude hacerlo en secreto, como quería. Una de las enfermeras conocía a un pariente mío y lo llamó para contarle. Él llegó a la clínica furioso. Me dijo cosas hirientes, estaba muy enojado:

—”Cómo así que usted estaba embarazada y que se hizo un aborto, quién sabe de quién se embarazó”.

Cuando llegué a la casa mi abuela ya lo sabía. Él le había contado, pero yo lo negué. Le dije que había ido por otra razón. Eso quedó ahí. No volvimos a hablar del tema hasta ahora que regresé y le pregunté si recordaba ese episodio:

—Mami, ¿qué es lo que usted se acuerda de esa vez que estuve en el seguro social?

—Pues en ese momento no me di cuenta porque usted dijo que solo eran unos cólicos, pero después ¿por quién fue que yo me di cuenta?

—Porque le vinieron a contar

—¡Ah sí!

—¿Y se acuerda qué pasó esa vez que me quedé con el padre hasta tarde?

—Pues, después fue que usted contó que él la había… y que él la había hecho abortar.

Mi abuela nunca pudo decir la palabra violación en nuestra conversación. No me sorprendió porque a mí misma, que soy mucho más joven, también me costó empezar a decirla. Lo que sí me dijo es que luego de enterarse sentía rencor.

—Una vez me confesé porque me mantenía con mucho resentimiento con ese padre por la confianza que yo le tenía. No quería recibir la comunión de mano de él.

VI. Curia de Medellín

En 2004 el aborto no era legal en Colombia y el Cytotec (un medicamento para la prevención y tratamiento de úlceras gastrointestinales) se popularizó como una opción clandestina para interrumpir el embarazo. Se conseguía en las farmacias sin fórmula médica.

En la madrugada comencé a expulsar coágulos de sangre. Fue muy fuerte. El dolor era horrible. Botaba mucha sangre y me paraba al baño seguido.

Un par de días después las molestias seguían y decidí ir a la clínica. Allí tuvieron que hacerme un legrado, una intervención para limpiar los residuos que aún quedaban en mi cuerpo tras el aborto.

Pero, no pude hacerlo en secreto, como quería. Una de las enfermeras conocía a un pariente mío y lo llamó para contarle. Él llegó a la clínica furioso. Me dijo cosas hirientes, estaba muy enojado:

—”Cómo así que usted estaba embarazada y que se hizo un aborto, quién sabe de quién se embarazó”.

Cuando llegué a la casa mi abuela ya lo sabía. Él le había contado, pero yo lo negué. Le dije que había ido por otra razón. Eso quedó ahí. No volvimos a hablar del tema hasta ahora que regresé y le pregunté si recordaba ese episodio:

—Mami, ¿qué es lo que usted se acuerda de esa vez que estuve en el seguro social?

—Pues en ese momento no me di cuenta porque usted dijo que solo eran unos cólicos, pero después ¿por quién fue que yo me di cuenta?

—Porque le vinieron a contar

—¡Ah sí!

—¿Y se acuerda qué pasó esa vez que me quedé con el padre hasta tarde?

—Pues, después fue que usted contó que él la había… y que él la había hecho abortar.

Mi abuela nunca pudo decir la palabra violación en nuestra conversación. No me sorprendió porque a mí misma, que soy mucho más joven, también me costó empezar a decirla. Lo que sí me dijo es que luego de enterarse sentía rencor.

—Una vez me confesé porque me mantenía con mucho resentimiento con ese padre por la confianza que yo le tenía. No quería recibir la comunión de mano de él.

VI. Curia de Medellín

Pasaron varios años hasta que me atreví a hacer la denuncia en la oficina de la Curia de la Arquidiócesis de Medellín. Me costó decidirme. Sabía que la Iglesia tiene mucho poder y que me enfrentaba a algo muy grande. Además, en ese tiempo me sentía culpable por haber abortado. Estaba confundida y pensaba que lo que había hecho era un pecado muy grave.

Recuerdo que me atendió un sacerdote que tomó nota en un libro, a mano. Cuando terminé, me dio una palmadita en el hombro y me dijo que tenía que perdonar, “que ellos son hombres y que también cometen errores”. No pasó nada. Nunca me contactaron de nuevo.

Ahora que regresé y pregunté qué había pasado con mi primera queja tampoco me dieron respuesta. La señora que me atendió me pidió mis datos y me dijo que iba a revisar en los archivos y que me contactaría, pero no lo hizo.Así que decidí hacer la denuncia por segunda vez.

El 30 de agosto de 2022, me atendió el obispo auxiliar, monseñor José Mauricio Vélez García.

Mientras me escuchaba, él escribía todo en un computador y lo iba leyendo en voz alta para que yo supiera lo que iba quedando registrado. Al final firmé el documento con mi declaración. Le pregunté qué pensaba él.

—”Es una denuncia demasiado grave. Hay que asumirla con toda la responsabilidad y el rigor”, me contestó.

De mi primer requerimiento me dijo que no tenía idea:

— “Hasta allá no llego porque eso fue en otra época, otra realidad”, me respondió.

Investigación canónica

BBC Mundo intentó por más de cinco meses obtener información sobre el caso de Natalia.

Tras numerosas llamadas telefónicas a distintos funcionarios, correos electrónicos, la presentación de un derecho de petición y una tutela legal que un juez falló a favor de este medio, la Arquidiócesis de Medellín aceptó contestar por escrito nuestras preguntas.

La institución confirmó la existencia de las dos denuncias, y reconoció que en el momento en que se interpuso la primera, “no existía la formalidad de procesos que existen hoy, que se escuchó al acusado y a algunos testigos” y que luego de analizar, decidieron archivar la investigación “hasta conseguir pruebas que nunca obtuvieron”. Sin embargo, en la lista difundida por Tobón en 2022 su caso aparece “en investigación”.

En cuanto a la segunda denuncia, afirmó que abrió una indagación canónica que está en curso y a cargo de dos sacerdotes, como lo indica el protocolo a seguir por la Iglesia que se instauró en 2019.

A la pregunta de por qué tomó la decisión de remitir la primera denuncia a la justicia de Colombia recién en 2022 -más de una década después de interpuesta-, respondió que ha “suscrito acuerdos de colaboración con la Fiscalía en los que priorizan los casos ocurridos durante los últimos tres años y posteriormente los ocurridos durante los últimos cinco años”.

En cuanto a la versión del sacerdote acusado, la oficina de prensa de la Arquidiócesis de Medellín aclaró que estaba en autonomía de decidir si respondía o no solicitudes de un medio de comunicación.

Todos los intentos de BBC Mundo por obtener su versión fueron infructuosos.

VII. Chile

Después del aborto, me alejé de la Iglesia e intenté seguir con mi vida. Yo misma me pagué estudios técnicos en farmacia, pero no lograba sentirme bien. Quería irme lejos, donde nadie me conociera.

Escuché a varias personas hablar de Chile y decidí irme a ese país lejano y desconocido para mí, para empezar de nuevo. Me fui en 2014, cuando tenía 24 años. Ahí conocí a quien fue mi esposo y tuve a mi hija. También fue allí donde escuché por primera vez sobre denuncias de pederastia contra sacerdotes católicos.

Eran en medio el gran escándalo que se produjo cuando salieron a la luz los casos de varios hombres que ahora, siendo adultos, denunciaron a un sacerdote de apellido Karadima que los abusó cuando eran menores de edad.

Eso me hizo reflexionar y pensar, por qué yo no puedo denunciar también si hay otras personas que lo han hecho después de años. Entendí que nunca era tarde y comencé a investigar. Encontré que el padre que me violó aún es sacerdote en ejercicio en otra parroquia de Antioquia.

Ese fue el último impulso que necesitaba para emprender este viaje, volver a denunciar y contar mi caso públicamente. Creo que él no puede andar por la vida confesando, oficiando eucaristías y hablando de cosas bonitas, después de haber hecho algo tan grave.

Lo único que busco es que él pague por lo que hizo. Pero no con una suspensión o un castigo temporal. Yo espero que vaya a la cárcel por los delitos que ha cometido. Por eso, en septiembre de 2022 también puse una denuncia antes las autoridades colombianas.

Caso legal

BBC Mundo también debió insistir durante meses para obtener respuestas de la Fiscalía de Colombia y también fue necesaria la orden de un juez para que esa institución respondiera por escrito las preguntas que les enviamos.

El Centro de Atención Integral a Víctimas de Abuso Sexual (CAIVAS) de la Fiscalía le confirmó a este medio que recibió la denuncia de Natalia.

Sobre los casos de la lista difundida por monseñor Tobón, señaló que recibió por parte de la Arquidiócesis de Medellín actas donde se presume la comisión de algún delito sexual por parte de sacerdotes, pero aclaró que estas no constituyen archivos de investigaciones realizadas por la institución religiosa.

Además, nos reseñaron que 5 de los sacerdotes mencionados en la lista fallecieron y 13 fueron transferidos a otra unidad más especializada, entre ellos el que denuncia Natalia.

De los 28 restantes, hay 5 en juicio, 3 en ejecución de penas y el resto en indagación

Lista de la Arquidiócesis con los nombres de los sacerdotes denunciados
Un tiempo después de nuestra consulta, Natalia Restrepo recibió una respuesta oficial por parte de la Fiscalía -a la que BBC Mundo tuvo acceso- en la que le informaron que su caso había prescrito porque los hechos ocurrieron hace 18 años y que, por esa razón, no se daría curso a la investigación legal.

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IX. Volver

Estuve en Medellín durante un mes y medio e hice todas las indagaciones que pude antes de regresar a mi casa en Chile. Después de toda la adrenalina de ese viaje, visitando lugares, personas y haciendo mi denuncia oficial ante la justicia, no ha sido nada fácil retomar la cotidianidad.

En mi hogar, aunque está mi hijita que me quiere y me acompaña, también están mi soledad y mis fantasmas. Haber sido abusada sexualmente me dejó una herida que no puedo borrar. Afectó mi vida emocional y física.

Disfrutar mi sexualidad ha sido difícil. El estar en la situación me revive el trauma y hace que lleguen a mi mente las imágenes horribles de la violación.

Cierro los ojos, respiro, intento no pensar en eso, pero es como que me persigue. También fue muy difícil cuando quedé embarazada de mi hija, porque volví a sentir culpa por esa otra vida que engendré y que perdí. Pensaba cuántos años tendría si hubiese nacido.

Intento salir adelante, pero me siento enojada porque creo que la justicia en mi país poco existe, no entiendo cómo un sacerdote sigue ejerciendo después de haber cometido un crimen tan enorme. Tampoco he recibido ninguna respuesta por parte de la Arquidiócesis.

Imagino que no pasará nada. Los curas se cubren entre ellos. Cuando hay denuncias, a lo más los trasladan a casas de reposo donde supuestamente pagan condenas. O los mandan a pueblos pequeños donde nadie los conoce y siguen ejerciendo. Siento rabia e impotencia de pensar que en Envigado todo siga igual.

No he pasado buenas noches. No imaginé que todo esto sería tan difícil emocionalmente, que fuera a darme tanta angustia recordar y denunciar, pero no quería dejar pasar más años con esto en mi pecho. Por eso decidir romper mi silencio.

*Por Equipo BBC Mundo

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