Así cambia el cerebro de un niño si sufre una experiencia traumática

General 16 de enero de 2022 Por Editor
Un evento traumático es el que atenta contra el amor y la seguridad, y adopta muchas formas Siete comportamientos infantiles que no deben pasarse por alto

La infancia es una etapa crucial en la vida de todo ser humano. Y es una obviedad que todos los niños necesitan un hogar y un entorno seguro. Las experiencias dolorosas a una edad temprana pueden dejar en nuestra mente una huella indeleble. ¿Qué sucede en el cerebro de un niño cuando vive un trauma? Como recuerda la Asociación Española del Trauma Psicológico, muchas veces la cuestión no es lo que has vivido, sino "cómo lo has vivido". 

 

La prestigiosa publicación Healthy Children, el único sitio web sobre la crianza de los niños respaldado por 60.000 pediatras de todo el mundo, explica que un evento traumático es el que atenta contra el amor y la seguridad y adopta muchas formas. Quizá se deba a un accidente, a situaciones violentas alrededor, malos tratos, negligencias… Un niño atemorizado “puede sentirse fuera de control y desamparado” y, cuando esto sucede, “se activa la respuesta de lucha o huida, incluso de pánico”.


Trauma

Un niño con miedo puede sentirse fuera de control y sin amparo

Aunque la respuesta no es igual en todos los casos, porque hay niños más sensibles que otros. Tal y como explica Lucía Zumárraga, presidenta de la Asociación Madrileña de Neuropsicología, "el niño puede sufrir las consecuencias de un acontecimiento traumático o estresante, no solo por vivirlo en su propia persona sino por haber estado presente en dicho acontecimiento". Quizá se deba a un accidente, a situaciones violentas alrededor, malos tratos, negligencias, una pandemia…

Otro factor importante es la resiliencia. Es la capacidad de dar una respuesta adecuada ante una situación adversa. "La buena noticia es que a pesar de que unos niños son más sensibles y otros más resilientes podemos fomentar la resiliencia", explica.

Cuando sucede algo que causa temor, el cerebro se asegura de que no lo olvidemos, por eso los traumas se recuerdan de manera especial y, a menudo se mezclan varios desencadenantes: sensaciones y sentimientos con olores, posturas, lugares, sonidos... Estos pueden ayudar una sensación que recuerde lo vivido como si estuviera sucediendo de nuevo.

Los desencadenantes podrían incluso generar conductas traumáticas en el adulto que revive un trauma que sucedió en la niñez. Por eso, a quien no sabe, le puede parecer que un niño, adolescente o adulto está reaccionando “de forma exagerada” ante un hecho. Otras veces, aparece la parálisis emocional. Hay personas que, tras haber sufrido abusos de niños, transitan por otras etapas de su vida nerviosos y con dificultades para controlar sus emociones, “porque su cuerpo está siempre predispuesto a paralizarse, huir o escapar de lo que les atemoriza”.

Otro problema frecuente en los niños que sufren o han sufrido traumas es la dificultad para concentrarse, “la hiperactivación o hipervigilancia”, que no es lo mismo que “hiperactividad ni falta de atención”, aunque a veces puedan confundirse fácilmente. Una reacción común es la necesidad de control y una menos frecuente es el “Trastorno oposicionista desafiante” o trastorno explosivo intermitente.

Según la Academia Americana de Pediatría, Podemos ayudarle a reconocer o evitar los desencadenantes que le hacen revivir el suceso, establecer rutinas para que él sepa qué esperar, ofrecerle opciones sencillas y respetar sus decisiones (para que gane sensación de control), no tomar sus reacciones como una afrenta personal y tratar de mantener la calma y permanecer disponible y receptivo. 

También le ayudará poder expresar lo que siente, ser constantes y predecibles, así como afectuosos y pacientes. Podemos enseñarle que puede confiar en los demás, pero con paciencia, porque llevará tiempo. También podemos pedir ayuda a un profesional si la situación se nos escapa de las manos.

Lo más importante es recordar que los niños se adaptan fácilmente y es tarea de los adultos “brindarles las herramientas que necesiten y guiarlos mientras crecen”. Quizá no podamos evitar que sufran un trauma pero, sin duda, podemos ayudarles a superarlo. Porque el futuro de su salud emocional, puede estar en nuestras manos.

De todas formas, como explica Zumárraga, "el cerebro de un niño o un adolescente está preparado para vivir situaciones de estrés". Entonces, ¿el estrés o trauma son negativos y perjudiciales para el desarrollo cerebral? Según la experta, no todo el estrés es malo, por eso distinguimos entre el estrés positivo, tolerable y tóxico. 

La diferencia entre ellos radica en dos factores principalmente:

1. Intensidad y duración: nuestro cuerpo desencadena una respuesta hormonal de “lucha o huye” ante las situaciones traumáticas. Si esta inundación hormonal se mantiene o repite en el tiempo y es muy intensa puede alterar el desarrollo cerebral.

2. Apoyo por parte de los adultos del entorno: si el niño o adolescente cuenta con un entorno que le apoya y le da herramientas para hacer frente a la situación estresante estará ante un estrés positivo y tolerable.

"Nuestra labor como adultos es ofrecer entornos de protección ante las diferentes situaciones de riesgo, para así reducir la intensidad del estrés y prevenir la alteración del desarrollo cerebral. Son muchas las situaciones que pueden suponer un trauma, el primer día de escuela, asistir a un evento multitudinario, etc. Este estrés es positivo siempre y cuando no sea mantenido y repetido en el tiempo y cuente con apoyo de adultos", destaca.

Los padres tienen la enorme responsabilidad de mejorar la resiliencia de los niños. Es la mejor herramienta personal para minimizar el impacto de las situaciones traumáticas en la salud mental y física. No todos nacemos con la misma resiliencia, pero podemos construir y mejorarla para prevenir alteraciones del desarrollo neurológico.

Fuente: La Vanguardia

Editor

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