“Cuando nos casamos sabías quién era yo”: las cartas, los celos y el amor tormentoso del Che Guevara y Aleida March

General 19 de octubre de 2021 Por Editor
Fue un hombre de muchos amoríos y amantes, pero Aleida fue el gran amor de su vida. La relación duró ocho años y estuvo marcada por la ausencia, las cartas y el miedo de que sus hijos lo vean como “un monstruo lejano y venerado”. Viuda a los 31, cuando lo asesinaron en Bolivia, dedicó el resto de su vida a honrar y perpetuar la memoria del guerrillero argentino. Hoy Aleida cumple 85 años

Dedicó el resto de su vida, estaba a punto de cumplir 31 años cuando asesinaron a Ernesto “Che” Guevara en Bolivia, a honrar y perpetuar, si eso es posible, la memoria del guerrillero argentino, hombre fuerte de la Revolución Cubana, que soñó, y pensó que era posible, exportar la experiencia cubana al África y al sur de América, en especial, a la Argentina.

Aleida March fue al gran amor de Guevara, hombre de muchos amores y amoríos. Hoy cumple 85 años, nació el 19 de octubre de 1936 y preside en Cuba el Centro de Estudios Che Guevara. Es la madre de cuatro de los cinco hijos del Che y uno de los últimos testigos de los años más violentos, románticos, erráticos y peligrosos del continente. Nació en una parcela de veinte hectáreas de la que era dueño su padre, en la provincia de Santa Clara que, a su modo, fue casi madre de la Revolución. Era la menor de cinco hermanos, una familia de campesinos blancos y pobres, con un nivel social un poco más alto, apenas, que los tradicionales guajiros, o campesinos negros.

Después de recibirse de maestra de escuela primaria en la Escuela Normal de Santa Clara, estudió Pedagogía en la universidad provincial. A los dieciséis años, estaba a tres meses de cumplir los diecisiete, Fidel Castro le cambió la vida, como a tantos jóvenes cubanos de su edad. El 26 de julio de 1953, mal armados y peor organizados, un grupo de hombres y mujeres del Partido Ortodoxo, que lideraba Fidel, intentó tomar por asalto el Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba. Fue una derrota militar y un pequeño triunfo político: fue el inicio formal de la rebelión contra el dictador Fulgencio Batista y contra la dependencia económica y social de la Cuba de entonces con Estados Unidos.


Aleida empezó a participar en los grupos clandestinos de apoyo a la rebelión. Con Castro preso, juzgado, su alegato, “La historia me absolverá”, es una pieza fantástica y una pintura de la época, condenado y exiliado luego en México, las riendas de la rebelión en Cuba las tomó el Movimiento 26 de Julio, M26, que recogía como símbolo la fecha del asalto al cuartel del más importante regimiento de Batista.

A los dieciséis años, estaba a tres meses de cumplir los diecisiete, Fidel Castro le cambió la vida y empezó a participar de grupos clandestinos de apoyo a la rebelión

Aleida se incorporó al M26 a los veinte años, en 1956, poco después de que Castro, su hermano Raúl, Camilo Cienfuegos, Juan Almeida Bosque y Ramiro Valdés, junto con otros ochenta guerrilleros, desembarcaran del barco Granma en las costas orientales de Cuba, un desembarco que marcó el inicio de las luchas guerrilleras que iban a culminar con el triunfo de la Revolución. Con Fidel Castro desembarcó del Granma el Che, su amigo y socio en la aventura, que un año antes se había casado con Hilda Gadea en agosto de 1955 y ya estaba separado, y con quien tenía una hija que nació el 15 de febrero de 1956.

En 1958, ya convertida en guerrillera activa del M26, Aleida trabaja en la clandestinidad contra un gobierno que se descascara por horas: ayuda a esconder en las montañas a los activistas de la famosa huelga del 9 de abril, una gigantesca protesta y actos de sabotaje que incluyeron combates callejeros contra el ejercito de Batista y dejaron un saldo de varios muertos. Más tarde, como miembro de una comisión urbana del M26 que recaudaba fondos, llevó cincuenta mil pesos al campamento base de Guevara en la zona serrana de Escambray. Y un día, en Escambray y en noviembre de 1958, Aleida conoció a Guevara.

Existe una versión romántica y otra épica sobre cómo se conocieron los dos guerrilleros. La romántica tiene una fuente segura. La épica es la interpretación histórica del amor como un hecho revolucionario. La versión romántica cuenta con el testimonio de Alberto Castellanos, uno de los más fieles custodios del Che, que jura que ambos se enamoraron de inmediato. Cuenta que, al regreso de una misión, “Guevara se topó con una hermosa muchacha de quien todos decían que era una combatiente muy valiente. Cuando me acerqué a ella para decirle una galantería, el Che me miró con cara de comerme crudo que recuerdo haber pensado: ‘Sal de ahí, Alberto, que nada tienes que hacer’”. La versión de manual pertenece al jefe guerrillero cubano Harry Villegas: “Ese amor no surgió superficialmente como algunos piensan, no fue que se vieron y se enamoraron enseguida, no fue amor platónico o a primera vista, sino que surgió con el desarrollo de la lucha”.

Ernesto "Che" Guevara, se casó a los 34 años con Aleida March. Juntos, brindaron en la ceremonia civil en La Cabana (AP)

Flechazo o manual marxista de por medio, en menos de un mes Aleida y el Che vivían juntos como una pareja estable. Ella fue asistente, secretaria, amiga y esposa durante los meses previos a la entrada triunfal del M26 en La Habana, previa huida de Batista al exterior. Ambos entraron juntos a La Habana a las cinco y cuarto de la tarde del 4 de enero de 1959, un día después de la entrada triunfal de Camilo Cienfuegos y su ejército de barbudos casi harapientos. Se fueron a vivir a una casa del complejo militar de La Cabaña, donde Guevara padecerá un ataque de su crónica enfermedad pulmonar: la pareja va a descansar a la ciudad costera de Tarará y, en abril de ese año, se mudan a una casa del barrio de Los Cocos, en La Habana. En mayo, Guevara recibe la sentencia favorable a su divorcio de Hilda Gadea y el 2 de junio se casa con Aleida March.

Empieza entonces una relación que durará apenas ocho años, y que estará marcada por la ausencia, las misiones especiales de Guevara fuera de Cuba, primero como ministro de industria y después como jefe guerrillero, el trabajo diario hasta entrada las madrugadas, marcaron a fuego una relación tormentosa por la personalidad de los dos, pero con un amor proclamado en la intimidad y al que sólo alteró la muerte de Guevara, en 1967.

“El Che volvía tarde a casa, a las tres o cuatro de la madrugada, a veces a las seis. Dormía sólo cinco o seis horas diarias. ¡Imagínese! ¡Estaba construyendo una nueva sociedad! ¡No podía dedicarse al hogar y a la casa!”, dijo Aleida, sin ánimo de reproche, hace ya unos años, al presentar su libro “Evocaciones”, en el que narra algunos de sus recuerdos de pareja. El resto, tal vez lo más importante, lo escondió Aleida en los gobelinos del pudor y la mesura.

El 12 de junio de 1959, cuando llevaban solo diez días de casados, el Che partió de gira por los países del Pacto de Bandung, una coalición de naciones de África y Asia. Se iba por tres meses y medio y Aleida le pidió que la llevara como lo que era en Cuba, su secretaria. “Ese fue el momento en que comencé a conocerlo con mayor profundidad -recordaría en su libro- Me argumentó que, además de su secretaria, era su esposa, y que eso se vería como un privilegio porque los otros no podían hacerse acompañar por sus parejas. Antes de despedirnos fuimos a ver a Fidel a su casa, y Fidel también trató de convencerlo para que me llevara. Pero no aceptó. Entonces lloré, un llanto que siempre me reprochó”.

El Che Guevara y Aleida parten a su luna de miel (Getty)

Cuando nació el primero de sus hijos, Aleida Guevara March, el 17 de noviembre de 1960, el Che estaba en “Misión” por el campo socialista de Europa, donde firmó los primeros convenios comerciales de Cuba. El Che esperaba un varón para llamarlo Camilo, en honor a su compañero de armas, Camilo Cienfuegos, que había muerto nueve meses después de su entrada triunfal en La Habana. “En tono jocoso y con su ironía habitual, primero me envió un telegrama en el que decía que si era niña la tirara por el balcón”. Luego, desde Shanghái y ya enterado del nacimiento de su hija, le envió a Aleida otra postal en la que le decía: “Tú siempre empeñada en hacerme quedar mal. Bueno, de todas maneras, un beso a cada una y recuerda: a lo hecho pecho. Abrazos. Che”.

Hace dos años, Aleida Guevara March, de visita en la Argentina, evocó el amor de sus padres: “Él fue su primer novio, su amante, su compañero, su maestro, su guía, el padre de sus hijos. Él era todo. El amor de ellos fue conmovedor. Mi padre fue un hombre que la amó sin discusión, en el combate, que la respetó y la tuvo como su igual. Y, a pesar de ser un hombre valiente y fuerte, fue capaz de pedirle ayuda porque para seguir su camino, era preciso que ella lo apoyara. Y ella lo apoyó”.

Aleida y el Che tuvieron otros tres hijos: Camilo Guevara March, que nació el 20 de mayo de 1962, Celia Guevara March, que nació el 14 de junio de 1963 y Ernesto Guevara March, del 24 de febrero de 1965. A este último, Guevara le dedica un fragmento especial en una carta enviada a sus hijos desde Bolivia, meses antes de morir. El destinatario de ese fragmento estaba por cumplir dos años. La carta está fechada: “Desde algún lugar de Bolivia, 1966″. Y Guevara dice a su hijo: “Tatico, tu crece y hazte hombre que después veremos qué se hace. Si hay imperialismo todavía, salimos a pelearlo; si eso se acaba, tu, Camilo y yo podemos irnos de vacaciones a la Luna”.

La correspondencia de Guevara, o parte de ella, fue reproducida en un libro: “Epistolario de un tiempo. Cartas 1947-1967″ editado en Cuba y que abarca correspondencia personal y política del Che. Esas páginas reproducen la primera carta enviada por el Che a Aleida desde el Congo, en 1965, cuando intentaba traspalar la experiencia cuban a África. Admite en el inicio haber tomado una frase del poeta turco Nazim Hikmet y dice a su mujer: “Mi única en el mundo (Se lo pedí prestado al viejo Hikmet) ¿Qué milagro has hecho con mi pobre y viejo caparazón, ya no me interesa el abrazo real y sueño con las concavidades en que me acomodabas y en tu olor y en tus caricias toscas y guajiras? Esto es otra Sierra Maestra, pero sin el sabor de la construcción ni, todavía al menos, la satisfacción de sentirlo mío (…) Todo transcurre con un ritmo lento, como si la guerra fuera una cosa para pasado mañana. Por ahora, tu temor de que me maten es tan infundado como tus celos. (…) Dale un beso cuidadoso a cada crío (también a Hildita) Sácate una foto con todos ellos y mándala. No muy grande, y otra chiquita, Aprende francés, más que enfermería y quiéreme. Un largo beso, como de reencuentro Te quiere. Tatu”.

Aleida quiere viajar al Congo para estar junto al Che. En otra carta dramática, Guevara intenta disuadirla y le hace un pedido difícil de cumplir: “Quiéreme apasionadamente, pero comprensivamente”. Seguidor de su propio lema, “Hay que endurecerse sin perder la ternura”, le escribe a su esposa: “No me chantajees. No puedes venir aquí ahora ni dentro de tres meses. Dentro de un año será otra cosa y veremos. Hay que analizar bien eso. Lo imprescindible es que cuando vengas no seas ‘la señora’ sino la combatiente, y para eso debes prepararte, al menos en francés. (…) Así ha pasado una buena parte de mi vida; teniendo que refrenar el cariño por otras consideraciones y la gente creyendo que trata con un monstruo mecánico. Ayúdame ahora, Aleida, sé fuerte y no me plantees problemas que no se pueden resolver. Cuando nos casamos sabías quién era yo. Cumple tu parte de deber para que el camino sea más llevadero, que es muy largo aún. Quiéreme, apasionadamente, pero comprensivamente, mi camino está trazado, nada me detendrá sino la muerte. No sientas lástima de ti; embiste la vida y véncela, y algunos tramos del camino los haremos juntos. Educa a los niños. No los malcríes, no los mimes demasiado, sobre todo a Camilo. No pienses en abandonarlos porque no es justo. Son parte nuestra. Te abraza con un abrazo largo y dulce, tu Tatu”.

La experiencia del Congo termina en desastre y Guevara escribe a su mujer unas líneas en las que campea un humor amargo e inevitable: “Sólo te diré que mi tropa, de la que me sentía orgullosa y seguro los primeros días, se fue diluyendo, o, mejor dicho, reblandeciendo como manteca en la sartén y se me escapó de las manos. Volví por el camino de la derrota, con un ejército de sombras. Ya todo ha pasado y viene la etapa final de mi viaje, y la definitiva; sólo me acompañarán ahora un puñado de elegidos con estrellas en la frente (las martianas, no las de comandante) (…) La separación promete ser larga, tenía la esperanza de poder verte en el tránsito de lo que parecía una guerra larga, pero no fue posible. Ahora habrá entre nosotros una cantidad de tierra hostil y hasta las noticias encarecerán. (…) . Cuando estaba en mi burocrática cueva soñaba con hacer lo que empecé a hacer; y ahora, y en el resto del camino, soñaré contigo y los muchachos que van creciendo inexorablemente. Qué imagen extraña deben hacerse de mí y qué difícil será que algún día me quieran como padre y no como el monstruo lejano y venerado, porque será una obligación hacerlo. Ahora, que estoy encarcelado, sin enemigos en las cercanías ni entuertos a la vista, la necesidad de ti se hace virulenta y también fisiológica y no siempre pueden calmarlas Karl Marx o Vladimir Ilich”. Y firma como “Ramón”, el nombre falso que usará para entrar en Bolivia al año siguiente.

Guevara sale del Congo y se refugia en la embajada cubana de Dar Es Salaam, Tanzania. Pesa cincuenta kilos. Necesita recuperarse de sus heridas. Viaja a Praga donde siente que puede planificar mejor su futuro como guerrillero. Es en Praga donde nace una relación entre Guevara y Tamara Bunke, la traductora argentino alemana que el Che había conocido años antes en su primera visita a Berlín. Tamara, con el nombre de “Tania”, morirá ametrallada por el ejército boliviano, un mes y medio antes del asesinato del Che.

El “Caso Tamara” es motivo de una dura discusión entre Aleida, que no ocultó nunca sus celos, y el Che.

Guevara, que se tenía como mal poeta, dejó escrito para Aleida un poema en el que vuelve a usar el verso de Hikmet. Un fragmento de ese poema dice: “Salgo a edificar las primaveras de sangre y argamasa / y dejo en el hueco de mi ausencia, / este beso sin domicilio conocido. (…) Si me destinan al oscuro sitial de los cimientos, / guárdalo en el archivo nebuloso del recuerdo; / úsalo en noches de lágrimas y sueños… / Adiós, mi única, / no tiembles ante el hambre de los lobos / ni en el frío estepario de la ausencia; / del lado del corazón te llevo / y juntos seguiremos hasta que la ruta se esfume…”.

Antes de partir hacia Praga, en su largo viaje con destino final Bolivia, como un comerciante uruguayo y bajo una máscara que lo hacía irreconocible, Guevara dejó en manos de Fidel Castro una pequeña libreta con apuntes personales destinados a Aleida: “Amor: ha llegado el momento de enviarte un adiós que sabe a campo santo (a hojarasca, a algo lejano y en desuso, cuando menos). Quisiera hacerlo con esas cifras que no llegan al margen y suelen llamarse poesía, pero fracasé; tengo tantas cosas íntimas para tu oído que ya la palabra se hace carcelero, cuanto más esos algoritmos esquivos que se solazan en quebrar mi onda. No sirvo para el noble oficio de poeta. (…) Así te quiero, con recuerdo de café amargo en cada mañana sin nombre y con el sabor a carne limpia del hoyuelo de tu rodilla, un tabaco de ceniza equilibrista, y un refunfuño incoherente defendiendo la impoluta almohada (…) Ahora será un adiós verdadero; el fango me ha envejecido cinco años; solo resta el último salto, el definitivo. (…) Se acabó el pasado; soy un futuro en camino. No me llames, no te oiría; sólo puedo rumiarte en los días de sol, bajo la renovada caricia de las balas (…) Lanzaré una mirada en espiral, como la postrera vuelta del perro al descansar, y los tocaré con la vista, uno a uno y todos juntos. Si sientes algún día la violencia impositiva de una mirada, no te vuelvas, no rompas el conjuro, continúa colando mi café y dejáme vivirte para siempre en el perenne instante”.

Finalmente, Aleida March recibió de manos del peruano Juan Pablo Chang, “El Chino”, una carta del Che fechada el 2 de diciembre de 1966 en su campamento de Ñancahuazú al que Chang había visitado: “Aprovecho el viaje de un amigo para mandarte estas letras, claro que podían ir por correo, pero a uno le parece más íntimo el camino “paraoficial”. Te podría decir que te extraño hasta el punto de perder el sueño, pero sé que no me creerías de manera que me abstengo. Pero hay días en que la morriña avanza incontenible y se posesiona de mí. En Navidad y Año nuevo, sobre todo, no sabes cómo extraño tus lágrimas rituales, bajo un cielo de estrellas nuevas que me recordaba lo poco que le he sacado a la vida en el orden personal (…) De mi vida aquí, poco interesante se puede decir, el trabajo me gusta, pero es excluyente y a veces un poco cansador. Estudio cuando me queda tiempo y sueño en algunos instantes; juego ajedrez, sin contrincantes de categoría y camino bastante. Voy perdiendo peso, un poco de añoranza y otro del trabajo. Dales un beso a los pedacitos de carne, a todo el resto y recibe el beso preñado de suspiros y otras congojas de tu pobre y pelado: Marido”.

Aleida March guarda para siempre el último encuentro con el Che. En octubre de 1966 y en una casa de seguridad de La Habana antes de viajar, vía Europa, a Bolivia, Guevara, transformado ya en el “Viejo Ramón”, calvo, con anteojos gruesos y aspecto envejecido, quiso despedirse de sus hijos. “Cuando llegaron los niños les presenté a ese señor, un uruguayo muy amigo de papá que quería conocerlos. (…) Tanto para el Che, como para mí, fue un momento muy difícil, en especial para él, porque estar tan cerca de ellos y no poder decírselos, ni tratarlos como él deseaba, lo ponía ante una prueba muy dura”.

De esa casa salió Guevara hacia el aeropuerto de La Habana. Aleida March no volvió a verlo nunca más.

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